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7 de marzo de 2017

Afrodescendiente en Chile: más de 400 años de historia

El escaso interés y tratamiento de la historia de la migración afro en nuestro país ha impedido comprender de mejor forma lo que ha sido la reivindicación de las comunidades afrodescendientes en ciudades como Arica, una zona multicultural y multiétnica. 


Por qué se reniega de estos orígenes y cómo es que esto influye en las relaciones sociales a partir de la discriminación y la violencia serán algunos de los temas del taller "Educar contra el racismo" que comienza este 24 de enero en el marco de la Escuela de Temporada en Arica.
foto: lanacion.cl
“La diversidad es un tema constante en la región de Arica y Parinacota”, señala Carlos Mondaca, académico de la Universidad de Tarapacá, cuando se prepara a explicar lo que fueron las primeras migraciones afrodescendientes en la zona más septentrional de Chile y que, a diferencia de lo que muchos piensan, comenzó hace más de 400 años, en el siglo XVII.

“En Arica desde muy temprano hubo bastante población afrodescendiente, ésta llegó con los españoles en condición de esclavitud y significó un mestizaje importante en esta zona”, cuenta Mondaca apoyándose en los datos del censo de 1614 ordenado por el Marqués de Montesclaros, donde ya figuraban 1300 personas afrodescendientes y sólo 410 españoles. “Uno ve que paradójicamente a lo que se podría pensar, había más gente afro que españoles o población indígena”, continúa el académico, haciendo hincapié en lo que otros historiadores también han llamado como “un Arica negro” hasta un periodo muy tardío.

El silencio y la negación de estos procesos dentro de la historia nacional impiden comprender de mejor forma lo que ha sido la fuerte reivindicación que hoy trabajan las comunidades afrodescendientes en ciudades como Arica con el fin de hallar un reconocimiento identitario. “Mucha de las personas antes de llamarse ‘afros’ tenían también identidades locales asociadas a sus pueblos acá en Arica, especialmente con el Valle de Azapa donde ellos mismos se presentaban como “azapeños”. Pero ahora lo que sucede es interesante porque esa configuración vuelve bajo una emergencia política mayor, es decir la reivindicación de lo afrodescendiente”, cuenta Mondaca.

La multiculturalidad de Arica se expresa en un importante acervo cultural construido a través de largos años de tradiciones, costumbres y danzas, las que fueron permeadas también por la llegada de esta población que se inició en esclavitud y que se volvió habitante de los valles y de las costas, que convivió con lo hispano, con lo peruano y ha sido parte de la población chilena. No obstante, ha sido su invisibilización histórica en gran parte del territorio, lo que ha dificultado el reconocimiento como etnia de la población afrodescendiente y ha fortalecido una discriminación que emerge de la ignorancia y que hoy aflora con mayor fuerza frente a la llegadas de nuevos inmigrantes afrolatinoamericanos.

Para la académica de la U. de Chile María Emilia Tijoux, la inmigración afrolatinoamericana a nivel nacional hoy está en un lugar negado a raíz de un racismo arraigado en la población chilena. “Está muy vinculado al establecimiento del Estado-nación chileno, al deseo de blancura y desarrollo europeo. Regresa el fantasma de la colonia y el fantasma de la esclavitud, este lugar tan terrible que tuvo la gente que trajeron de África y que llegaron a Chile”. Y agrega, “hemos podido observar que en la frontera no es lo mismo cuando llegan inmigrantes afrodescendientes, independientemente que lleguen por concepto de refugio o simplemente por inmigración debido a la pobreza o por nuevos rumbos en la vida, el trato que se le da por parte de personas de frontera es muy malo. Es más, vemos que se da con todo aquel o aquella que porte la diferencia en su cuerpo”.

En ese sentido, Tijoux aclara que es aquí donde se expresa que la ley de migración que aún está estancada es necesaria pero no suficiente para resolver el tema del racismo en el país. “La ley permitiría ordenar muchas de las privaciones e irregularidades que hoy viven las personas migrantes, no obstante, éste es un tema que está arraigado en nuestra historia y está naturalizado en nuestro sentido común y cotidiano”. Frente a ello, la académica apunta a una educación contra el racismo, una que permita indagar en nuestra propia historia respecto a de dónde viene este tipo de violencia y desde ahí erradicarla.

Por ejemplo, Carlos Monda explica que existe una práctica de discriminación invisibilizada dentro de los colegios, la cual que ocurre en el propio discurso de integración. “Hay un discurso de integración que se da muy bien, pero que luego cuando empiezas a profundizar y ver temas más particulares como la historia, la geografía y la cultura, aparece otra versión oculta respecto a cómo el nacionalismo los excluye y no los deja tener su propia visión de la historia si no se asimila al propio concepto nacional”.

Tanto María Emilia Tijoux como Carlos Mondaca serán parte del taller “Educar contra el racismo” de la Escuela de Temporada que se realiza en Arica del 23 al 27 de enero, organizada por la U. de Chile en alianza con la U. de Tarapacá y el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

El encuentro busca abordar la historia y situación de la migración en Chile trabajando de manera particular el contexto de la región. “En ese sentido abordar elementos históricos de lo que ha pasado en el norte, de estas migraciones antiguas de las que nadie habla porque nadie nos las enseñó; pero también de las características propias que tiene la vida cotidiana de los migrantes con chilenos y chilenas en esta zona. Además, claro, de hacer reflexionar a la gente que venga sobre las actitudes que tenemos con las personas migrantes, tratar de buscar de dónde vienen, por qué se fortalecieron, con el propósito también de pensarse”, advierte Tijoux.

Texto: María Jesús Ibáñez - VEXCOM
Lunes 23 de enero de 2017

Artículo tomado de: https://networkofcenters.net/news/migraci%C3%B3n-afrodescendiente-en-chile-una-historia-de-m%C3%A1s-de-400-a%C3%B1osb 

10 de enero de 2017

Un refugio contaminado en Chile para familias colombianas

Un rincón de Chile es el refugio de cientos de colombianos que huyeron de la violencia de Puerto Buenaventura. Ese rincón se llama Cerro Chuño y no sirve para vivir porque está contaminado con metales pesados. De hecho, 1,800 familias chilenas fueron evacuadas de esa zona cuando se descubrieron graves daños a su salud. 

Allá en Colombia, en el puerto de donde vienen estas familias, le llaman “muerte natural” a morirse de un balazo. Aquí en Chile, ya con el peligro lejos, le ponen más ironía y le dicen “plomonía”.
Una tarde, en una población de Arica llamada Cerro Chuño, comenzó el relato de un sobreviviente colombiano llamado Eliézer Rojas: “Mi hermano vio cómo mataron a otro”, dijo el chico. Y se le acercó un vecino, después otro y otro más.

Cuando habla, Eliézer tiene imán, y más por la historia que vivió antes de llegar aquí: “Otra persona fue y lo amenazó. Yo como lo conocía del mismo barrio, lo enfrenté”, continuaba la narración.
Llegaron las cervezas, él destapó la suya con una sola mano y no paró de hablar. Miraba a los ojos a cada uno a su alrededor. 

“Después me dijeron que tuviera mucho cuidado porque me iban a matar. Pasaban por mi taller y hacían tiros al aire desafiándome”.

Eliézer es un joven afrodescendiente que salió de su casa en Puerto Buenaventura con lo que traía puesto y tras varios días de viaje cruzando Ecuador y Perú, y cuatro intentos fallidos de entrar a Chile pidiendo refugio en la frontera, se internó al país usando uno de los pasos no habilitados, en un tramo desértico sembrado de minas antipersonales.

En Cerro Chuño eligió una de las casas abandonadas que ahí encontró. Era una población con basura en las calles y contados habitantes rondando entre los callejones vacíos y polvorientos. Lo que no pudo ver son las partículas de plomo y arsénico flotando en el aire que causaron el éxodo de los que vivían ahí.

Cerro Chuño está, en efecto, en un cerro. Su avenida principal con callejones a los costados, banquetas, señales de tránsito oxidadas y escombros se extienden sobre un relieve cuesta arriba que termina en un predio donde la empresa Promel procesaba metales y relaves mineros. El mismo lugar donde la firma confinó 20,000 toneladas de desechos tóxicos provenientes de Suecia, en 1984 y 1985, y donde el Estado chileno autorizó construir en la década de los noventa las poblaciones Cerro Chuño, Los Industriales, villa Los Laureles y villa El Solar.

En menos de dos años, los habitantes comenzaron a sufrir diversos tipos de enfermedades como leucemia, cáncer de pulmón, de piel, lesiones cutáneas malignas, enfisemas y abortos espontáneos en mujeres embarazadas. Los niños que pudieron sobrevivir a la gestación nacieron con malformaciones y severos daños neurológicos. Hasta el día de hoy son conocidos como “los niños del plomo”.

En 2009, la presidenta, Michelle Bachelet, luego de que el Gobierno detectó niveles tóxicos muy superiores a los permitidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) ordenó la ejecución de un Plan Maestro de Intervención en Arica para erradicar a 1,880 familias chilenas de Cerro Chuño y las villas aledañas. En total fueron cerca de 3,000 personas movilizadas en la ciudad.

Pasados los primeros años del reacomodo, solo fueron quedando algunas familias, como la de Macarena Águila, quien, desde la puerta de su casa, recuerda cómo desapareció la vida en las casas y los callejones de Cerro Chuño y cómo era el lugar que se encontró Eliézer al llegar: “El sector se convirtió en pueblo zombie. Acá quedaron pocas familias con niñitos chicos. No había cómo llenar una fiesta de cumpleaños, era triste. Salían y no tenían amigos con quién jugar porque todos se habían ido”, recordó Macarena, rodeada de sus hijos pequeños y ahora también de otros niños colombianos, sus vecinos recién llegados, jugando con ellos en su patio.

En la terminal de buses de Tacna, la ciudad más austral de Perú, el arribo de grupos de personas colombianas es constante. Muchos llegan con los colores de su bandera en alguna prenda de vestir y se hacen fácilmente reconocibles dentro del cerco de jaladores que los abordan para ofrecerles entrar a Chile por pasos no habilitados.
Los intentos de “engancharlos” ocurren frente a los policías que vigilan la terminal y a la vista de cualquiera. Los contactos se dan antes de que puedan dirigirse a los pequeños escritorios individuales donde hay personas con fajos de billetes y una calculadora que ofrecen cambio de divisas.

Los enganchadores son persistentes y siguen a los colombianos hasta los baños del último rincón del terminal donde, después de un viaje de 22 horas desde Lima, buscan con urgencia una ducha antes de seguir su camino.

Algunos, como Eliézer, resisten e intentan entrar por la vía legal tomando otro bus que los lleva en un recorrido de menos de media hora a través del desierto al control fronterizo de Santa Rosa, el segundo más transitado de Perú, solo por debajo de el aeropuerto de Lima.

Aquí hay un carrusel humano de migrantes rechazados por los agentes de la Policía de Investigaciones (PDI) de Chile en el control fronterizo de Chacalluta, que se ven obligados a tomar un bus de regreso a Tacna. El Servicio Jesuita a Migrantes asegura que los afrocolombianos ha sufrido racismo en la fila de espera y en las entrevistas con los funcionarios chilenos.

“Nunca hemos recibido a un migrante colombiano rechazado de Chacalluta que no sea negro”, dijo Enrique Guevara, abogado del Servicio Jesuita a Migrantes de Tacna, con oficinas frente al terminal de buses.

“Solía ocurrir que sacaban a las personas de color de la fila, o las devolvían simplemente o les hacían muchas preguntas. La PDI se atribuye la capacidad de negar el refugio, aún cuando no son el ente competente. Su deber es dejarlos ingresar y decirles a dónde tienen que ir para solicitar el refugio, en Extranjería”, explicó Javiera Cerda del Valle, directora del Servicio Jesuita a Migrantes de Arica.

Eliézer estuvo formado en esa fila y le explicó a un agente de la PDI el peligro inminente en el que estaba su vida. Lo rechazaron y le tocó esperar algún bus con cupo que viajara en sentido opuesto. Al momento de ser rechazado no estaba ni en Chile ni en Perú, sino en una zona franca, en medio del desierto, sin el verde que vio toda su vida. Con una resequedad que cuartea la piel y un sol que causa una sensación de urticaria.

Regresó a Tacna pero, una vez más, no aceptó la oferta de los jaladores ni en las siguientes tres vueltas, y siguió dentro del carrusel de personas caminando del terminal hacia una pequeña plaza que los peruanos, con humor ácido, llaman “el muro de los lamentos” en donde las personas rechazadas se detienen a pensar qué hacer con sus vidas. Ahí se toman grandes decisiones.

Frente a esa plaza está una zona de hostales. Uno de ellos es el de don Beto: 15 soles ($4.5) por noche. Camas polvorientas con colchones menos gruesos que el puño de un niño, escusado sin tapa, regadera con cables eléctricos que echan chispas, agua fría, suelo sin barrer y vista desde la ventana al “muro de los lamentos”. Nuevas salidas hacia la frontera y nuevos regresos. Noches recordando el pacífico colombiano…

Buenaventura es un lugar con presencia histórica de la guerrilla, pero el azote de la población en los últimos años son los Urabeños, La Empresa y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia. Son grupos de delincuencia organizada que, según un informe de Human Rights Watch (HRW), “extorsionan, restringen la circulación en los barrios, reclutan por la fuerza a menores y comenten actos aberrantes de violencia contra cualquier persona que se oponga a sus intereses”.

Este documento de HRW tiene información recopilada desde 2009 y testimonios que hablan de las “casas de pique”, que son casas donde esos tres grupos descuartizan a sus víctimas.

Los gritos de un torturado suenan diferente a cualquier otro. Es como si las súplicas tuvieran otra frecuencia sonora y se escuchan a muchos metros de distancia. Se cuelan entre otros ruidos más altos y taladran los oídos. Aún así, estas “aberraciones” pasaron años cubiertas por el manto de la impunidad, pues hasta 2014 el Gobierno colombiano admitió su existencia, por eso HRW habla de una marcada ineficacia policial en Buenaventura que ha impulsado el éxodo hacia Chile.

Una mañana, en Tacna, Eliézer reconoció a dos integrantes de la banda de los Urabeños rondando el terminal. A casi 4,000 kilómetros de casa y de su taller vacío con sus herramientas oxidándose, este joven volvió a sentir la posibilidad de caer en manos de una banda criminal que mata y descuartiza. Fue cuando decidió aceptar la oferta de los jaladores y marcharse con ellos.
“Era una zozobra porque estaba viviendo en la pura frontera donde todo el mundo pasa y estás a la expectativa de que vas a coincidir con otra persona de grupos (delictivos) que hay en Colombia y tú dices, también me van a dar acá”.

El relato de Eliézer era escuchado con el respeto de una feligresía:

“Yo estando en Tacna vi a dos personas que pertenecían a un grupo de Urabeños, de la ciudad y la comuna de donde yo soy. Yo por eso me metí (al desierto) rápido”.

Hay tres rutas no habilitadas para entrar a Chile desde Tacna. La más utilizada es la que corre por una vía de tren en desuso. Adentro de los rieles está la garantía de llegar con vida. Afuera están las minas antipersonales que el gobierno militar colocó en 1980 durante la dictadura de Augusto Pinochet, quien creía que Argentina, Bolivia y Perú podían invadir Chile por conflictos territoriales.

Eliézer le pagó $200 a un jalador que simplemente lo llevó en un punto llamado El Palo, un par de kilómetros antes del paso fronterizo. Él y un grupo de más colombianos que completaban el cupo del vehículo fueron llevados a la vía que corre en paralelo a un kilómetro de la carretera aproximadamente.

Según los testimonios recabados por Enrique Guevara, abogado del Servicio Jesuita a Migrantes en Tacna, la recomendación de los jaladores, una vez que abandonan a sus clientes entre las minas antipersonales son “seguir las huellas de migrantes que ya transitaron, no prender ninguna luz para no alertar a los carabineros y rezar”.

Y hay ocasiones en que ni eso les dicen. “Nomás me metí a la vía y ya, la información que me dieron fue: mire, usted siga en este camino y siga de largo, no gire hacia ningún lado que así llega a Chile”, contó Eliézer.

Javiera Cerda afirma que las minas antipersonales “son la mayor preocupación” para el SJM porque en febrero de 2012 se desbordó el Río Seco, en territorio peruano, y causó el desplazamiento de miles de estas y a la fecha no están localizadas. Caminar en esa zona puede ser como jugar a la ruleta rusa.

Junior Cabeza y Anderson Rodríguez son dos colombianos que pisaron minas y sufrieron mutilaciones en las pierna, en 2015. Ambos, de acuerdo con la cónsul colombiana en Arica, Nina Consuegra, volvieron con prótesis a su país después de recuperarse. 
En 2016, un peruano murió y un dominicano también perdió parte de una pierna.

El grupo de Eliézer caminó a través del campo minado durante horas en la oscuridad, sin linternas para no atraer a los Carabineros. “En el camino hay puro desierto y frío. Yo me tiré sin mochila, solamente con la documentación que traía, teniendo fe nomás”, contó en migrante.

No hay en el mundo noches más iluminadas que las del desierto chileno, pero los colombianos, usando la concentración de un equilibrista para no acercarse a las minas, no lo habrán notado. Y finalmente vieron las luces del aeropuerto de Arica. Fue como un faro para el que llega de altamar.

Pasaron los meses y la familia de Eliézer también se instaló en Cerro Chuño. No vivieron mucho tiempo en su primer casa, pues en cuanto pudo, con su sueldo de soldador, se fue con sus dos hijas y esposa a donde pudieran respirar aire puro.

Y así, familias enteras siguen llegando desde Buenaventura –el puerto más importante del pacífico colombiano– a ciudades del norte de Chile, una región tranquila del continente. Muy tranquila para ellos, y con el mayor desarrollo minero de América Latina y la generación de empleos directos e indirectos que eso conlleva.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 1982 habían 83,000 migrantes y en 2014 ya se contabilizaban 411,000. Esto significa que la población migrante en Chile pasó del 0.7 % al 2.3 % del total de la población.

En 2005 habían 5,066 colombianos en Chile. En 2014 habían 25,038, lo cual representa un incremento del 394 %. Es decir, Chile y Colombia están en un proceso de integración notable.

Después del plomo… más plomo

Arica es la primer ciudad chilena que han visto los miles de colombianos que llegan por tierra después de cruzar Perú. Y cuando ahí se habla de la comunidad colombiana en una conversación callejera cualquiera, se habla también de Cerro Chuño, que está en una de las entradas de la urbe.

Para notar Cerro Chuño al entrar a Arica será necesario que alguien lo señale al pasar (hacia la izquierda y hacia arriba) porque parece que ahí no vive nadie. Y no debería vivir nadie. Los 1,880 afectados de esa zona prueban que esa contaminación existe.
“Se han evidenciado niveles de plomo en la sangre y de arsénico inorgánico en la orina mayores a los niveles de referencia de la OMS”, dice el informe del Plan Maestro de Intervención.

A las cinco de la tarde el sol aprieta en Arica. Desde Cerro Chuño se nota cómo se le acentúan los colores y relieves sombreados al Morro con su gigante bandera chilena. También a las embarcaciones del Puerto; más cerca, a las grúas que mueven la carga; más cerca aún, al mosaico variopinto que forman los contenedoras apilados al otro lado de la carretera, y a la camioneta roja de Harold Gaspar Otero, quien viene llegando a casa con sus dos niñas de uniformes escolares verdes y trenzas de colores.

Harold también huyó de la “plomonía” de Buenaventura y trajo a su familia poco a poco hasta tenerla a toda completa. Sus hijas menores nacieron en Chile.

La brisa fresca que llega desde el mar es uno de los componentes que hacen de esa zona la más contaminada de Arica, de acuerdo con información del Plan Maestro ordenado por Bachelet, porque el aire que refresca las casas de Cerro Chuño también llega con niveles altos de arsénico.

La contaminación descrita por las autoridades está también en cada rincón del interior de las casas, pues el Instituto de Salud Pública encontró “niveles muy altos dentro de las casas”. Es decir, de las casas que ahora los inmigrantes están felices de habitar.

“Dicen que hay contaminación de plomo pero hasta ahorita no hemos sentido ningún mal síntoma y espero que no suceda”, dijo, torciendo el gesto y levantando los hombros, Feliciano Caicedo, otro joven colombiano con historia calcada a la de Eliézer que estaba rondando en los callejones.

En el hogar de Harold se reúnen parientes y amigos que salen de casas aledañas. Llega también Eliézer desde su barrio, su presencia inspira a los recién llegados a Cerro Chuño porque él logró alquilar una casa a su gusto y darle una vida en paz a su familia, que es lo que todos quieren.

Los grandes organizan la colecta para comprar cerveza. Los adolescentes tienen prohibido beber alcohol y se abstraen en sus teléfonos celulares. Las niñas de Harold, nacidas en Chile, corren, empolvan su reciente muda de ropa y despeinan sus trenzas de colores.

Desde 1997, muchos años antes del nacimiento de estas niñas y de que su padre huyera de las balas a 4,000 kilómetros de distancia, el Instituto de Salud Pública de Arica analizó el material confinado y detectó “concentraciones de riesgo” para las personas. En 2009 fueron retirados por completo los materiales contaminados.

Así fue como se fueron quedando vacías las casas de Cerro Chuño hasta que ya no alcanzaron los niños para hacer una fiesta de cumpleaños.

Mientras tanto, en Puerto Buenaventura, en 2009 también, comenzaba otro recuento: el de los desplazados por la violencia realizado por HRW. Y eran, hasta 2013, al rededor de 13,000 desplazados por violencia.

Son personas que no se sabe dónde están. Pueden que estén hechos pedazos en el fondo de la bahía de Buenaventura o enterrados en fosas clandestinas. O vivos en Cerro Chuño, dándole cero importancia a exponerse al arsénico o al plomo.

El informe de HRW se llama “La Crisis de Buenaventura. Desapariciones, desmembramientos y desplazamiento en el principal puerto de Colombia en el Pacífico”. Es la recreación del mundo que dejaron atrás los nuevos habitantes de esta población contaminada.

Un recuerdo que todos tienen, por ejemplo, y que ayuda a explicar su presencia en Cerro Chuño, es este que consigna el informe:
El 13 de septiembre de 2013 hubo una marcha en Buenaventura de cientos de personas pidiendo paz. El obispo Héctor Epalza Quintero lideró la manifestación que pasó por varios barrios y terminó en una cancha de fútbol. Ahí rezaron. Al día siguiente, ahí donde rezaron, apareció la cabeza de un joven de 23 años y el resto de su cuerpo fue regado en pedazos en barrios aledaños. Su familia pidió justicia pero recibieron amenazas y acabaron esfumándose.

En septiembre de 2014, la Interpol detuvo en Antofagasta a Fanny Grueso Bonilla, alias “la Chily”, una mujer señalada como la operadora de varias “casas de pique” en Buenaventura. Esa noticia, como otras en las que han estado involucradas personas colombianas, se ha instalado en la percepción de algunos chilenos.

Una mujer chilena habitante de Cerro Chuño interceptó a los reporteros y los retó por “entrevistar a delincuentes”. Antes, un conductor de taxi se negó a entrar a la villa, pues –dijo– “todos los colombianos son delincuentes”.

— ¿Alguna vez usted ha conocido o hablado con alguno de ellos?, se le preguntó.
— “No, ¡nunca!”, exclamó el taxista.
“No somos delincuentes, ¡lo que pasa es que no nos conocen!”, dirá, sacudiéndose el polvo de las manos y su ropa de trabajo Benjamín Cobo, otro inmigrante colombiano que arrancó con su familia desde Cali.

Las cifras del Departamento de Extranjera de Chile muestran que desde 2005 Colombia ya era, por mucho, el principal solicitante de refugio con el 78.7 % de las solicitudes. En 2010 la cifra alcanzó su máximo, con 84.6 % y cuatro años después, en 2014, la cifra se mantuvo casi al mismo nivel, con 84.4 %. El flujo en los últimos años es constante y ese flujo sigue pidiendo refugio por razones de peligro inminente.

Según los datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Colombia se encuentra entre los 20 países de origen con mayor número de solicitantes de refugio a escala mundial.

Un pizca de ellos estaban “donde Harold”, que trabajaba tapando ranuras en las paredes en medio del aroma a arepa, arrocito y huevos.

Afuera estaba la fiesta y también se contaban historias de terror. Pero se decían por piezas sueltas porque en medio de los relatos siempre van las bromas, gritos, burlas, carcajadas o pasos de baile a presumir. Los recuerdos de las aberraciones que los rodeaban se van quedando escondidos tras el modo alegre innato de la población afrodescendiente.

Harold es un refugiado que llegó hace siete años cuando un grupo guerrillero amenazó de muerte a su hijo que tenía la edad de 17.
“Me lo iban a matar si no se iba a la guerrilla. Me tocó conversar con los caballeros que estaban allá y me dijeron que, como no se quería ir el hijo mío, entonces me iban a matar a mí. Me enfrenté con ellos. En la noche llegaron y me dijeron que tenía que desocupar la casa porque si no, no amanecía”, contó.

La historia de su viaje a Chile también es la de miles de colombianos: una carrera atropellada cruzando fronteras y parando en puntos específicos esperando los documentos que necesitaba para entrar al país. Después, en Tacna, tomó un bus hacia la frontera de Chacalluta pero fue rechazado porque sus argumentos no convencieron a los oficiales de la PDI.

Otra escena miles de veces repetida, otra vez el carrusel: un migrante afrodescendiente saliendo de la terminal de Tacna hacia el llamado muro de los lamentos.

El SJM ayudó a Harold a conseguir refugio tras una investigación del ACNUR en la que se comprobó el peligro inminente para su vida.

La canción “Jaime Molina”, del compositor vallenatero Rafael Escalona, comenzó a retumbar en el gigante aparato de sonido de Harold (en cada casa de familia colombiana hay uno igual) y el anfitrión se aburrió de recordar.

Algún vecino chileno se acercó a la fiesta. Otros más pasaron, saludaron y siguieron de largo. Eliézer era uno de los invitados. En ese callejón de Cerro Chuño parecía que había concurso de carcajadas.

Al día siguiente, la cuñada de Harold, Maura Mosquera, fue de compras al muelle del puerto de Arica con varias amigas y amigos. 

El comerciante que les vendió el pescado fue embestido por un mar de instrucciones de sus clientes colombianos de cómo cortar bien el pescado. Los lobos marinos obesos que cachan las vísceras todo el día se desesperaron durante la explicación.

Mientras tanto, alguien soltó un grito ofensivo hacia el grupo de afrocolombianos. Nadie hizo caso, y el vendedor chileno aprendió cómo hacer los cortes al pescado para que el caldo tenga el sazón típico de un lugar llamado Puerto Buenaventura.

* Este reportaje fue elaborado por Rodrigo Soberanes (texto) y Víctor Ruiz Caballero (fotografías) de Ruta 35 y es republicado en CONNECTAS gracias a un acuerdo de difusión de contenidos.

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5 de agosto de 2015

AFRODESCENDIENTES EN CHILE

El CENTRO AFRO-CAEDI, en su tarea de acompañar a los pueblos afrodescendientes en América Latina y el Caribe, les comparte el siguiente texto que nos ayuda a conocer y profundizar la historia y caminar del pueblo afrochileno. 

Tomado de el www.mostrador.cl

Cerca del 30 por ciento de los habitantes de América Latina corresponden a afrodescendientes, y a diferencia de lo que ocurre en otros países de la región, el nuestro (Chile) es uno de los pocos que ha tenido escaso avance en su reconocimiento formal que les permita identificarse como un pueblo con sus respectivos derechos legales, sociales y culturales.



En Chile no sabemos cuántos afrodescendientes existen. Sólo en Arica cerca de 8 mil 500 personas son de origen afrodescendiente, lo cual corresponde a un 4,7 por ciento del total de los habitantes de la región, así lo reflejó en su momento la primera encuesta de caracterización de la población afrodescendiente que fue aplicada en la XV Región de Arica y Parinacota por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) en el 2013.
rufianrevista.org
Si bien los datos corresponden a una primera medición, para las diversas organizaciones afrodescendientes ha sido el primer acercamiento de un lento y fallido reconocimiento que ha tenido el Estado chileno para esta población que, en su mayoría, viven en la ciudad de Arica y en los valles de Lluta y Azapa, ubicados en la zona norte del país.

En el año 2000 aparecen las primeras organizaciones afros comandadas por Oro Negro y el comprometido trabajo de las hermanas Sonia y Marta Salgado. Luego se creará Lumbanga y Tumba Carnaval. En el 2011 es reconocida la Agrupación Adulto Mayor Afrodescendiente “Julia Corvacho Ugarte” como “Tesoros humanos vivos” de Chile por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA).

“Es allí donde alrededor de cincuenta adultos mayores se han preocupado de rescatar su cultura de procedencia, que durante el siglo XX estuvo cerca de desaparecer. Gastronomía, carnavales y bailes típicos se toman la ciudad nortina cada año para celebrar sus orígenes con alegría y ritmos africanos. Buscando reivindicar el lugar de estas tradiciones en nuestra cultura, e intentando visibilizar a sus cultores”, según se indica en su sitio web.
ong-oronegro.blogspot.com
Pese a ello, una de las peticiones formales para poder avanzar en esta materia fue la solicitud, con respuesta negativa, que hizo la agrupación Cultural Oro Negro Afrodescendientes Chilenos de Arica, durante el gobierno de Sebastián Piñera, con la intención que se agregara la variable afrodescendiente en el censo del 2012 y al parecer tampoco serán considerados en el Censo Abreviado de 2017, decisión que tras décadas de lucha por el reconocimiento, no tiene mayor explicación por parte de las actuales autoridades del INE.

Lo preocupante es que cerca del 30 por ciento de los habitantes de América Latina corresponden a afrodescendientes, y a diferencia de lo que ocurre en otros países de la región, el nuestro es uno de los pocos que ha tenido escaso avance en su reconocimiento formal que les permita identificarse como un pueblo con sus respectivos derechos legales, sociales y culturales.

“Esto tiene que ver con la cultura y no necesariamente con el color de la piel”, sostiene Luis Campos, Doctor en Antropología Social, quien abordó el tema en el ciclo de conferencias “Antropologías del Sur. Patrimonio e Identidad”, organizado por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y la Municipalidad de Providencia.
Campos, desde el 2003, viene trabajando el tema junto a estudiantes de la misma casa de estudio, concluyendo actualmente un estudio que precisamente apunta a la generación de datos relevantes que permitan enmarcar las políticas públicas con afrodescendientes, como así mismo, apoyar los procesos legales en torno a su reconocimiento como un pueblo distintivo, con sus respectivos derechos culturales asociados.ciclo conferencias

Sobre la procedencia de esta población “hay indicios de que estas personas eran traídas de África, o pasaron por un proceso de evangelización, por lo tanto eran enviados desde España hasta Brasil, y luego hasta Chile o el Perú”, lo que significa que la mayoría se quedó en el norte, por eso las personas del Valle de Azapa y Lluta reclaman ser reconocidas”, explica Campos.

En el proceso de acercamiento de este reconocimiento se han presentado algunos cuestionamientos con relación a su condición originaria, según enfatiza el antropólogo “ellos si bien no son pueblos indígenas, fueron igualmente víctimas de una trata transatlántica que los despojó de su territorio por imposición europea y los alejó a miles de kilómetros de distancia de su hogar”. Específicamente se refiere a que en una última solicitud de reconocimiento enviada a la Presidenta Bachelet, el trámite se remitió al Consejo Técnico de Política Migratoria, integrado entre otros por el Ministerio de Relaciones Exteriores, incluyendo a los afro en la misma problemática de los migrantes actuales. Además, no solo las instituciones se han opuesto a reconocer sus derechos como pueblo, por lo demás amparados en el mismo Convenio 169 de la OIT, sino que lo mismo han hecho algunos pueblos originarios que no quieren incluir a los afrodescendientes en el mismo nivel y con los mismo derechos que ellos.

“Es importante destacar la contribución que han hecho los afrodescendientes por años al desarrollo del país tanto en el ámbito económico, social y cultural, lo cual debe ser reconocido”, manifestó Luis Campos.

Antropología, patrimonio e identidad
El tema abordado por el antropólogo Luis Campos en la conferencia “Chile Negro. Afrodescendientes en el camino del reconocimiento”, fue el punto de partida del ciclo “Antropologías del Sur”, el cual se extenderá hasta el 27 de agosto en dependencias de la Casa de la Ciudadanía Montecarmelo (Bellavista 0595. Providencia).
 
Lanzamiento del libro "afrochilenos" en la universidad de Tarapaca - 2013
La jornada, abierta a todo público, continúa este jueves 30 de julio (19:30 hrs) con la intervención de la antropóloga y Doctora en Estudios Americanos, Francisca Fernández, quien abordará la “Geografía sagrada de Santiago: cerros y huacas como referentes identitarios”, en cuya presentación expondrá los principales hitos y repertorios interpretativos que configuran una sacralidad territorial desde la cosmovisión andina, recogiendo el uso y la significación que hoy tanto organizaciones indígenas como colectividades de danza y música andina despliegan en estos espacios.


Próximas conferencias: (6 de agosto) “Rutas de la migración humana a Rapa Nui: la mirada a través de la genética de una planta”, Andrea Seelenfreund; (13 de agosto) “Ella quiere transformar. Igualdad, subjetividad y participación en estudiantes universitarias”, Carmen Gloria Godoy; (20 de agosto) “Desmontando el patriarcado: la emergencia del feminismo mapuche en Chile”. Claudia Arellano; y (27 de agosto) “Neoliberalismo, medio ambiente y desigualdades. Una mirada antropológica del Chile contemporáneo”. Mayarí Castillo.

Tomado de: http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2015/07/29/afrodescendientes-en-chile-en-camino-al-reconocimiento/