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25 de septiembre de 2017

San Pedro Claver y los Derechos Humanos

El 18 de noviembre de 1985 el Congreso de Colombia presentó solemnemente en una ley a Pedro Claver como el precursor del alivio y defensa de oprimidos en América, y a la ciudad de Cartagena de Indias, donde ejerció su apostolado, como sede de los derechos humanos en Colombia.


Por: Tulio Aristizábal S.J.

Curioso que ese extraño jesuita, quien durante la primera mitad del siglo XVII gastó su vida protegiendo a los esclavos africanos de las tropelías y desmanes de tantos españoles, merezca ser exaltado en forma tal en este siglo XX. Nosotros ahora, cuando vivimos obsesionados por lo científico, por lo presentado en limpias estadísticas, ansiosos de profundizar en complejas teorías; que rechazarnos como caduco lo que se ha dado en llamar "paternalismo", desearíamos un paradigma más conforme con nuestro gusto.

Porque este empecinamiento en lo teórico nos lleva a llenar páginas y páginas de los más profundos tratados sobre las injusticias y desequilibrios en los que naufraga nuestra sociedad. Esperaríamos, por tanto, que Claver hablara. Si es el modelo de defensores, que nos muestre lo que piensa; que se reediten hoy, en impecables publicaciones, sus tratados sobre la libertad y dignidad del hombre.

Lejos de ello, nos encontrarnos ante la realidad de un hombre que no dejó escritos. Sólo dos o tres cartas a sus familiares y a sus compañeros de apostolado. Y no que entonces fuera imposible acudir a la imprenta para exponer y defender las propias ideas. Ahí están, como ejemplos bien patentes, Las Casas y Sandoval.

El fraile dominicano Bartolomé de Las Casas cruzó 14 veces el Atlántico, durante dos años siguió a la Corte de Carlos V en busca de audiencia del soberano. Todo ello para clamar contra las injusticias que aniquilaban las razas indígenas de América. Y dejó, a más de otros escritos, un tratado breve pero cruel, al que dio por título "Brevísima relación de la destrucción de las Indias". Algunos lo tachan de exagerado, mentiroso y poco objetivo. Pero ahí está, como testimonio de una ignominia ante la que no podernos cerrar los ojos.

El otro fue un jesuita, Alonso de Sandoval, bien cercano a Claver puesto que podemos decir que fue su mentor y compañero en la brega. También él dejó un juicioso tratado sobre el tema, referente éste a los esclavos africanos. Le dio un título extraño, complicado para nosotros pero muy del gusto de la época, lo llamó: "De instauranda aethiopum salute: El mundo de la esclavitud negra en América". El libro de Sandoval no es de fácil lectura; denso y muchas veces monótono. Pero pone el dedo en la llaga, se rebela contra la injusticia de la esclavitud, a la que nada ni nadie puede justificar.
Uno de estos dos personajes bien podría haber servido de modelo para la defensa de los derechos humanos. En cambio Claver no viajó ni escribió. Fuera de su salto de Sevilla a Cartagena, y dos o tres viajes Magdalena arriba hasta Santafé de Bogotá, Claver se la pasó en la ciudad amurallada y en su provincia de la llanura atlántica. Nada dejó escrito. Ni un profundo tratado catequético como el de Sandoval; ni el alegato, descarado si se quiere, de los escritos de Las Casas. Claver siguió el ejemplo de su modelo, Jesucristo, quien "comenzó a obrar y a enseñar". No escribió, sino hizo. ¡Y cuántas cosas hizo!

Era Claver la primera sonrisa que veían en mucho tiempo aquellos pobres africanos desarraigados salvajemente de sus tierras, el primer contacto con una mano amiga. Más con los ademanes que con las palabras los reconciliaba con la vida. Entonces sabían que al menos no venían a servir de alimento a los hombres blancos ni a proporcionar el aceite de sus cuerpos para calafatear los navíos. Por fin alguien les hacia sentirse de nuevo personas, seres humanos a quienes se ama, se compadece y se comprende. Narra su biógrafo que por medio de los intérpretes les decía "que él venía a serles amparo y padre, como  lo experimentarían en su amor. Era tan tierno el que les mostraba en el semblante, que mirándolos y mirado de ellos, los decía más a los ojos, que las palabras de los intérpretes al oído. Entendíanle, aunque bozales, aquella habla muda del mirar, más elocuente que toda la retórica para dar a conocer los afectos del alma; y con una oculta simpatía, se les iba el amor al venerable padre".

Venía después el recoger a los moribundos en su propia capa, curarles las llagas, darles alimento, recibir en su rostro las lágrimas y el dolor de tantas almas, hasta volverlos a la vida. Una vida que continuaba esclava en el cuerpo, pero libre en el espíritu gracias a la fe que sembró por el bautismo y quedó enraizada en un pueblo creyente como es éste nuestro, a pesar de los horrores que vivimos.

Y recorrer las calles de Cartagena. Aquí un negro se arrodilla y le besa la mano; el santo lo deja hacer, le suelta algunas palabras en su dialecto que iluminan con amplia sonrisa la cara del esclavo. Más allá, en la casa del capitán Villalobos, se agolpa la gente porque ha muerto Agustina, la esclava angolesa. Claver llega, ora, llama a la mujer "¡Agustina! ¡Agustina", y ésta vuelve en al para recibir el bautismo y morir en paz. En aquella otra morada hay un pobre apestado. Nadie se le acerca; el olor es insoportable; aun el sacrificado hermano González, su compañero de siempre, tiene que abandonar la habitación. Pedro sonríe, se acerca al enfermo, llega hasta acariciarlo para que no se sienta avergonzado. Lo limpia, lo enjuga con un paño impregnado en vino, le sugiere oraciones. Y sale a tocar otras puertas. Más enfermos, más lágrimas qué enjugar. Un día lo encontró el sargento Jerónimo Jiménez en la puerta de la Medía Luna. "¿A dónde va el padre?" le pregunta. "A Carnestolendas" le contesta Claver, es decir, al carnaval. Y el carnaval para él era San Lázaro, el hospital de los leprosos, donde pasaba las horas consolando y llevando una luz de esperanza.

Desnudó ante los blancos las injusticias que cometían con los esclavos, y los obligó a tratarlos como hermanos. Unos años antes de Claver vivió en la misma Cartagena otro hombre, también enloquecido por la defensa del esclavo ante el injusto. Se llamaba Luis Beltrán, y cuentan, entre leyenda y realidad, que un  día, sentado a la mesa con algunos nobles españoles de los que maltrataban sin misericordia a los indios sometidos, el frailecito dominicano tomó en sus manos un pan, y exprimiéndolo a la viste de todos, hizo salir gotas de sangre de él. "Esta sangre, les dijo, es el sudor de los pobres indios; piensen de dónde sacan ustedes el alimento". Fue lo mismo que hizo Claver con su ejemplo: plantarse frente a ellos, frente a nosotros, y contamos qué hizo por los esclavos, para preguntamos qué estamos haciendo nosotros ante las injusticias de este tiempo.

Sí, Claver no escribió. No dejó tratados polémicos de protesta contra la esclavitud. Nos enseñó lo que es necesario hacer ante la miseria humana. Lección difícil de comprender y que muy pocas veces nos atrevemos a seguir. Mejor y más cómodo es enviar al periódico, desde nuestro escritorio, artículo muy bien hilvanados para desnudar ante el mundo las injusticias de esta sociedad.


Ojalá con todo el papel en que se han escrito tantas cosas bellas a favor de los derechos humanos en Colombia, con todas las revistas y periódicos, con todos los libros y afiches publicitarios adornados con la palomita de la paz, hiciéramos una inmensa hoguera y en ella consumiéramos de una vez para siempre el odio y la injusticia que están acabando con esta patria nuestra a la que tanto queremos. Estas, tal vez, podrían ser palabras de Pedro Claver, el defensor de los derechos humanos.

Publicado originalmente en El Tiempo, el 12 de septiembre de 1999.

27 de junio de 2017

María de la luz, la niña negra adoptada por la Duquesa de Alba

La escritora Carmen Posadas descubrió un episodio poco conocido del siglo XVIII español, la adopción por parte de la poderosa Cayetana de Alba de una niña negra y convirtió la historia en una novela en la que describe la esclavitud en España que, no obstante, cree que es uno de los países menos xenófobos, en comparación con los anglosajones.


"La hija de Cayetana", editada por Espasa, es el título de esta novela histórica en la que Posadas recupera la vida de la corte de Carlos IV donde se desarrolló la infancia de esta niña, y a la que la duquesa dejó en herencia una importante cantidad de dinero y una renta vitalicia.


En una entrevista con Efe, Posadas explica cómo a través de las vidas de Cayetana de Alba, de la niña María de la Luz y de la verdadera madre de la pequeña, una esclava llegada de Cuba que es un personaje de ficción, ha recreado una especie de "Arriba y abajo" (serie inglesa) de la corte española.

Cayetana era la decimotercera duquesa de Alba y grande de España, una mujer dueña de su destino porque tenía dinero y poder, y aunque era frívola y extravagante tenía "un gran corazón", explica Posadas.

Tener criados negros era entonces un signo de distinción de la época y la duquesa, que no podía tener hijos, recibió de regalo una bebé mulata, a la que adoptó y trató como una hija.

Estos personajes que existieron en la realidad se mezclan en la novela de la escritora uruguaya con otros de ficción como la madre de la niña, Trinidad, que le sirve a Carmen Posadas para hablar de la esclavitud en la Península.

Y es que aunque los esclavos eran muy comunes en las colonias españolas y a pesar de que entre 1450 y 1750 unos 800.000 llegaron a la Península, en el siglo XVIII habían pasado a ser un artículo de lujo.

Pero la autora señala que, a diferencia de los países anglosajones donde estaban castigados con cárcel los matrimonios interraciales, en las colonias españolas se permitían: "España es el país menos xenófobo que conozco y eso se empezó a notar desde muy pronto".

Junto a la duquesa aparecen en la novela numerosos personajes de la época, como Francisco de Goya, y de la Corte, desde la reina María Luisa de Parma, que tenía muy mala relación con Cayetana de Alba, a Godoy o Alejandro Malaspina.

"La corte era un nido de intrigas y conjuras", explica la escritora, que asegura que "lo que pasa actualmente en la política española es un jardín de infancia al lado de lo que ocurría en la época".

Pero Carmen Posadas también encuentra similitudes con la actualidad porque, recuerda, los nobles de toda la vida se sentían amenazados por personas que, como Godoy, llegaron al poder encarnando una nueva sociedad.

En ese escenario, las mujeres de clase alta pudieron llegar a ser más libres y cultas de lo que fueron luego durante el siglo XIX y mediados del XX, indica la autora.

En cuanto a los sentimientos que Posadas describe en la novela, sostiene que "lo único que cambia es el decorado: las pasiones son las mismas que ahora y la forma de reaccionar también".

La labor de documentación llevó a Carmen Posadas a ver el testamento de Cayetana, que tiene la Casa de Alba, donde comprobó su decisión de dejar a su muerte, ocurrida a los 40 años, una herencia a la niña que adoptó y a la que llamó María de la Luz.

La autora también recupera anécdotas de la época, como la invención de la dentadura postiza: fue un dentista español Antonio Saelices el que confeccionó la primera dentadura que podía pegarse a las encías y permitía comer con ella, una novedad que se estrenó en la corte de entonces.


Carmen Naranjo

Publicado originalmente en:https://www.efe.com/efe/espana/cultura/posadas-novela-la-esclavitud-en-espana-con-hija-negra-de-cayetana-alba/10005-3079334 

1 de junio de 2017

Mi Buenaventura

Para el paro cívico sobran las razones. Pero la primera de todas es nuestro racismo, que se nota en nuestra indolencia y en nuestro olvido. Pero allá está el Esmad, porque con el puerto más importante del país frenado estamos perdiendo plata, y eso, en tiempos de la conquista como hoy, sí que nos duele. Pero es Colombia la que tiene una deuda histórica con el puerto.

Catalina Ruiz-Navarro
El Espectador 1. Junio. 2017

Tomada de Portafolio
“Somos las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, a todas las niñas de 15 años que nos encontremos en las calles las vamos a violar”, dice la voz de un hombre en una nota de voz que se empezó a rotar este mes en un sector de Buenaventura conocido como Lleras, en donde viven al menos 300 familias desplazadas por la violencia. La policía local dijo a ¡Pacifista! que si bien conocían la amenaza, “eso era a nivel nacional”, pero si es así, sería aún más grave que todas las niñas de Colombia hubiesen recibido esa amenaza. El mismo día que el portal dio a conocer esta noticia, el puerto de Buenaventura se fue a paro cívico. Y no solo porque las niñas de la ciudad vivan en medio del terror, sino porque además no hay agua, ni educación, pero eso sí, hay mucho desempleo. Y todas estas desigualdades se juntan para que, a falta de Estado, mande la violencia. Para que una amenaza de ese tamaño circule tienen que estar mal muchas cosas, más aún si la única reacción de la Policía es encogerse de hombros. Para el paro cívico sobran las razones. Pero la primera de todas es nuestro racismo, que se nota en nuestra indolencia y en nuestro olvido. Pero allá está el Esmad, porque con el puerto más importante del país frenado estamos perdiendo plata, y eso, en tiempos de la conquista como hoy, sí que nos duele. Pero es Colombia la que tiene una deuda histórica con el puerto.

En 1545, Francisco de Rodas le pidió al rey de España un préstamo para traer 3.000 africanos de diversos orígenes para que vinieran a ser esclavizados en las minas de los encomenderos del Pacífico. Por ese entonces, la Nueva Granada era un epicentro de trata de personas, un puerto como Cartagena “distribuía negros” por todo el continente. Es por una dolorosa historia de esclavitud y trata de personas que colombianos de todos los tonos de piel nos ufanamos de tener “sabor”; algo que, dicho sea de paso, es casi que la única cualidad que les reconocemos a los afrocolombianos. Colombia es uno de los países con más población negra en Suramérica, porque nuestro territorio fue esclavista y, como nos lo recordó la revista Hola hace unos años, lo sigue siendo, aunque no de manera oficial.

En Colombia hoy los afrocolombianos se destacan marcadamente en la música y en el deporte. Pero no es porque “la raza negra sea mejor para esas actividades físicas y para el swing”, como reza ese viejo prejuicio en el que la raza blanca está para pensar y la negra para cargar y entretener. Dicho sea de paso, es la misma excusa que usaron los europeos para esclavizar a sus antepasados en primer lugar. Es porque la música y el deporte son de los pocos talentos que logran florecer en medio de la miseria. Para ser médico o científico toca pagar la universidad. Si en Buenaventura hubiese carreteras, universidades, hospitales, oportunidades, hablaríamos de sus aportes a la ciencia, a la literatura, a la política: esos campos dominados por los blancos. Buenaventura es un pueblo que nunca se pensó para vivirse, por eso, nuestro racismo es más que evidente cuando preguntamos ¿quién vive allá?


En una canción que ya es un himno de la rumba colombiana, ChocQuibTown nos hace cantar: “De donde vengo yo, la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos. De tanto luchar, siempre con la nuestra nos salimos”. Y luego coreamos esos durísimos “todo el mundo come pollo, menos nosotros”, “todo el mundo quiere irse de aquí, pero ninguno lo ha logra’o”, como si quienes nos vamos de fiesta en otras ciudades del país supiéramos lo que es “no comer pollo”. Cantamos con cinismo “mi Buena ventuuu ra” ¡y bailamos! Pero en Buenaventura las niñas están encerradas en sus casas.

Texto tomado de:http://www.elespectador.com/opinion/mi-buenaventura-columna-696310 

9 de mayo de 2017

Esclavos en la Familia, cuando los descendientes de blancos reconocen el pasado esclavista de sus padres


Esclavos en la Familia de Edward Ball

Con ocasión de la Feria del Libro de Bogotá-2017, el Centro Afro CAEDI ha adquirido, para la consulta de todos los interesados, este relato de primera mano que muestra de forma clara y sincera la presencia Negra en Norteamérica, el modus operandi de las familias esclavistas y de sus más tempranos predecesores. La Novedad, es que el relato y la investigación es fruto del esfuerzo de uno de sus propios descendientes.


Esclavos en la familia es el relato de la investigación que un hombre hizo en el pasado de su familia propietaria de esclavos y, al tiempo, de su búsqueda de descendientes de las personas esclavizadas por sus antepasados. En 1698, Elias Ball viajó desde su hogar en Devon, Inglaterra, hasta Charleston, Carolina del Sur, para tomar posesión de una herencia: parte de una plantación y veinte esclavos. Elias y su progenie construyeron una dinastía norteamericana que se prolongó durante seis generaciones, adquirió más de veinte plantaciones a lo largo del río Cooper, cerca de Charleston, vendió el arroz llamado Oro de Carolina y esclavizó a casi cuatro mil africanos y afroamericanos hasta 1865, año en que las tropas unionistas alcanzaron los pastos de las propiedades de los Ball para imponer la emancipación. Edward Ball, descendiente de Elias, ha escrito una saga norteamericana verídica que es en parte historia, en parte viaje de descubrimiento. 

Es el relato de familias negras y blancas que han vivido juntas durante trescientos años, un retrato de personas corrientes enfrentadas a un legado controvertido. Ball expone con detalle y agilidad las vidas de las gentes que habitaron las tierras de sus antepasados: la violencia y la opulencia, los alzamientos y huidas de esclavos, los héroes blancos y negros de la Revolución Norteamericana, los hijos mulatos de los amos Ball y las esclavas de los Ball y el encontronazo definitivo de la Guerra Civil. Reconstruye las genealogías de familias de esclavos -desde los primeros prisioneros africanos hasta hoy, diez generaciones después- y viaja a Sierra Leona para visitar una cárcel de la que su familia compró trabajadores. Esclavos en la familia es un microcosmos de la experiencia fundamental que los Estados Unidos han tenido como nación, un relato de personas que abordan su fatal historia común.

Fecha publicación: 2000
Editorial: Península
Colección: Atalaya
1ª Edición / 380 págs. 
/ Rústica / Castellano / Libro
ISBN13:9788483072516


27 de marzo de 2017

EL EMBARQUE; relato de Eduardo Galeano

En unas cuantas palabras el escritor uruguayo hace una síntesis de la Trata Negrera, la responsabilidad de la Iglesia en este flagelo, y de las resistencias históricas de los africanos, animadas por sus religiones ancestrales.

Foto tomada de: http://trianarts.com/#sthash.0IRvHdI6.dpbs
El embarque
Autor Eduardo Galeano
Han sido atrapados por las redes de los cazadores y marchan hacia la costa, atados unos a otros por el cuello, mientras resuenan los tambores del dolor en las aldeas. En la costa africana, un esclavo vale cuarenta collares de vidrio o un pito con cadena o un par de pistolas o un puñado de balas. Los mosquetes y los machetes, el aguardiente, las sedas de China y los percales de la India se pagan con carne humana. Un fraile recorre las filas de cautivos en la plaza principal del puerto de Luanda. Cada esclavo recibe una pizca de sal en la lengua, una salpicadura de agua bendita en la cabeza y un nombre cristiano. Los intérpretes traducen el sermón: Ahora sois hijos de Dios... El sacerdote les manda no pensar en las tierras que abandonan y no comer carne de perro, rata ni caballo. Les recuerda la epístola de San Pablo a los efesios (Siervos, ¡servid a vuestros amos!) y la maldición de Noé contra los hijos de Cam, que quedaron negros por los siglos de los siglos. Ven el mar por primera vez y los aterroriza esa enorme bestia que ruge. Creen que los blancos se los llevan a un lejano matadero, para comérselos y hacer aceite y grasa de ellos. Los látigos de piel de hipopótamo los empujan a las enormes canoas que atraviesan las rompientes. En las naves, los amenazan los cañones de popa y proa, con las mechas encendidas. Los grillos y las cadenas impiden que se arrojen a la mar. Muchos morirán en la travesía. Los sobrevivientes serán vendidos en los mercados de América y otra vez señalados con el hierro candente. Nunca olvidarán a sus dioses. Oxalá, a la vez hombre y mujer, se disfrazará de san Jerónimo y santa Bárbara. Obatalá será Jesucristo; y Oshún, espíritu de la sensualidad y las aguas frescas, se convertirá en la Virgen de la Candelaria, la Concepción, la Caridad o los Placeres, y será santa Ana en la isla de Trinidad. Por 162 detrás de san Jorge, san Antonio o san Miguel, asomarán los hierros de Ogum, dios de la guerra; y dentro de san Lázaro cantará Babalú. Los truenos y los fuegos del temible Shangó transfigurarán a san Juan Bautista y a santa Bárbara. En Cuba Elegguá seguirá teniendo dos caras, la vida y la muerte, y al sur del Brasil Exú tendrá dos cabezas, Dios y el Diablo, para ofrecer a sus fieles consuelo y venganza.

Tomado de: Memoria del fuego, parte 1. Los nacimientos. 2002