Mostrando entradas con la etiqueta conflicto armado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta conflicto armado. Mostrar todas las entradas

8 de noviembre de 2017

LA IMPORTANCIA DEL TERRITORIO PARA LAS COMUNIDADES AFRO DEL PACÍFICO COLOMBIANO

Una oportunidad para amplificar las voces de Nariño

El panorama de este departamento que dibujan las organizaciones comunitarias – de afros, indígenas y campesinos –, el gobierno local y organizaciones acompañantes como Acnur es preocupante. Sin embargo, resulta profundamente conmovedor ver la valentía de quienes lo habitan.


Por: Rocío Castañeda, Oficial de Información Pública Acnur

Pensarse el territorio, habitarlo, proyectar la vida individual y colectiva en él. Entenderlo como el todo, donde no solo la población afrocolombiana e indígena habita, sino como el espacio donde se forja como pueblo y se proyecta como ciudadanos en ejercicio.

Entender lo que significa el territorio para las comunidades afrocolombianas e indígenas no es sencillo desde el punto de vista de quienes no pertenecen a estos pueblos. Pero comprender este significado es esencial no solo para entender cómo el conflicto armado y el desplazamiento han dejado una huella en él, sino cómo la recuperación de la autonomía de estas comunidades sobre el territorio es fundamental en el proceso de construcción de paz en el que está comprometido Colombia.

“La defensa del territorio ante las amenazas de la minería y el desplazamiento” fue el título que Colombia 2020, el proyecto periodístico del diario El Espectador, dio al conversatorio que realizó en días pasados en la ciudad de Pasto, capital del departamento de Nariño al sur de Colombia. Acnur, la Agencia de la ONU para los Refugiados, como uno de los aliados de Colombia 2020, realizó la conferencia inaugural del foro e invitó a participar a una de las organizaciones Étnico Territoriales que acompaña: Asocoetnar (Asociación de Consejos Comunitarios y Organizaciones Étnico Territoriales), cuya acción se desarrolla en las Subregiones de Telembí y Sanquianga.

El panorama actual de Nariño que dibujan las organizaciones comunitarias – de afros, indígenas y campesinos –, el gobierno local y organizaciones acompañantes como Acnur es preocupante. En lo que va corrido del año, alrededor de 1.500 personas han sido desplazadas forzada y masivamente; las comunidades están sometidas a situaciones de confinamiento que se han invisibilizado; se han presentado 153 muertes, entre ellas las de varios líderes, sobre todo en Tumaco y otros municipios de la costa nariñense. Todo ello en un contexto de implementación de los acuerdos de paz, firmados hace un año entre el Gobierno y las Farc, que presentan muchos retos y que las comunidades perciben como de “desarrollo lento y a mediano y largo plazo”, mientras la violencia de los grupos armados ilegales presentes en el territorio se ejecuta en el día a día.

Sin embargo, en medio de este panorama, resulta profundamente conmovedor ver la valentía de quienes lo habitan. El foro de Colombia 2020 logró reunir las voces de una líder de un proceso organizativo que busca conservar las semillas nativas de la región; del Comité de Integración del Macizo Colombiano, de los campesinos de Asopatía, de los afros de Asocoetnar, de los indígenas del Resguardo Puracé; acompañados por el Gobernador encargado de Nariño, la academia representada en la Universidad Mariana, una organización de desarrollo local (ADEL), y la Agencia de la ONU para los Refugiados.

Las voces de afros, indígenas y campesinos reclamaron, a través del compartir de sus experiencias particulares, una sola cosa – en el fondo –: autonomía:

Autonomía sobre cómo resarcir los derechos vulnerados por muchas décadas por un conflicto armado que desplazó, confinó y amenazó la supervivencia misma de las comunidades afro e indígenas.

Autonomía sobre cómo definir rutas de protección frente a las amenazas actuales donde, lamentablemente, el desplazamiento y las muertes no han terminado con la firma del Acuerdo de Paz.

Autonomía para definir qué tipo de desarrollo desean las comunidades que habitan este territorio. Y cómo la minería artesanal puede continuar como práctica tradicional, y cómo se combina, o no, con los proyectos mineros de gran escala. 

Autonomía sobre cómo preservar y administrar sus recursos; el primero de ellos el agua como fuente de vida.

Finalmente, autonomía para crecer como pueblos, como organizaciones con voz y capacidad de decisión y construcción, que requieren la protección y garantías del Estado en lo local y en lo nacional; teniendo en cuenta no solo que la población afro e indígena representa alrededor del 10 y 3% respectivamente de la población víctima de desplazamiento, sino que se cuenta con herramientas importantes para hacer frente a su situación como lo es el marco legal de protección y reparación a víctimas (Leyes 387, 1448, Sentencia T-025 y los Autos de la Corte Constitucional 004, 005, 174 y 073).

El encuentro, cuyo público estuvo integrado por un buen número de jóvenes estudiantes, evidenció el compromiso con la construcción de paz de estas comunidades; y así mismo la necesidad de la articulación de las distintas entidades del Estado para hacer frente, de manera coordinada, a los desafíos que hoy amenazan el territorio.

Texto tomado íntegramente de: https://colombia2020.elespectador.com/opinion/una-oportunidad-para-amplificar-las-voces-de-narino 

8 de mayo de 2017

El Río San Juan: entre el Oro y la Guerra


El río San Juan ha sido testigo de la historia de los pueblos Afrocolombianos. Belarmina Mosquera es una de las luchadoras incansables por la paz y el progreso de esta región.

Soñamos con el no regreso de la guerra y con la implantación de una minería que respete el medio ambiente.

Colombia2020 llegó hasta la comunidad de Angostura, en Tadó (Chocó). Allí encontró a Belarmina Mosquera, una mujer que dejó de pescar en el Río San Juan porque por sus aguas bajaban los muertos de la guerra, ahora ve la llegada de las retroexcavadoras para extraer oro.




Texto y video tomado de:
https://www.youtube.com/watch?v=pldn2xKUtcY

14 de febrero de 2017

COLOMBIA: EL LENTO RETORNO DE LOS AFRODESCENDIENTES E INDÍGENAS A SUS TERRITORIOS

El Estado se comprometió a otorgar el derecho a la tierra a las comunidades indígenas y afrodescendientes que sufrieron con la violencia que vivió el país. Sin embargo, los avances son pocos.

·       ¿Qué obstáculos encuentran las comunidades indígenas y afro para que su territorio les sea titulado en Colombia?
·       ¿Cómo la minería y las plantaciones de monocultivo de palma han afectado su territorio?
Por  Tatiana Navarrete - 09-02-2017
Más de ocho millones de colombianos fueron afectados por la violencia, de acuerdo con cifras de la Unidad de Víctimas. La mayoría de ellos, que corresponde al 88 por ciento, fueron obligados a salir de su tierra; otros fueron asesinados, secuestrados o violentados sexualmente. Recién en el año 2011 Colombia admitió que vive un conflicto armado interno. Lo hizo por medio de una ley que prometía reparar a las víctimas y restituir las tierras a quienes las habían perdido a causa de la violencia.
La Constitución de 1991 reconoció los territorios colectivos. Resguardos en el caso de los indígenas y consejos comunitarios para los afrocolombianos. Foto: Unidad de Restitución de Tierras.
Cerca de un millón de estas víctimas son indígenas o afrodescendientes que viven selva adentro, la misma selva donde se enquistó la guerra. Una cifra significativa si se tiene en cuenta que las comunidades étnicas representan solo 14 por ciento de la población, según el censo del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas, Dane.

Como en el resto del país, el delito que golpeó con más fuerza a resguardos indígenas y consejos comunitarios de afrodescendientes fue el desplazamiento forzado. La violencia de distintos actores armados obligó a comunidades enteras a abandonar sus tierras. Incluso actualmente, cuando Colombia está en medio de un proceso de paz con las FARC, del medio millón de personas desplazadas entre noviembre de 2012 y julio de 2015, el 74 % han sido afrocolombianos e indígenas, según un informe de la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).

Pero el problema no termina ahí. Algunas de estas comunidades que intentaron retornar y exigir los derechos sobre su tierra descubrieron que allí se habían aprobado licencias de explotación minera, había extensos cultivos de palma de aceite en su territorio o crecieron los cultivos de coca y los yacimientos de minería ilegal.

El despojo de tierras no es un fenómeno del que indígenas y afros fueron las únicas víctimas, también  cientos de campesinos que hoy reclaman sus derechos sobre la tierra. La diferencia es que la legislación colombiana es mucho más estricta en cuanto a los territorios étnicos y exige, por ejemplo, que cualquier tipo de explotación tiene que ser consultada y aprobada por parte de la comunidad. Consulta que en la mayoría de estos casos no se hizo.
Para tratar este problema, la Presidencia de la República, en compañía de las comunidades, creó entonces dos decretos complementarios a la Ley de Víctimas que favorecen la restitución colectiva de territorios étnicos. Este se ha convertido en el camino más expedito para que las comunidades indígenas y afros pidan los títulos de propiedad que durante años no les habían concedido.
Sin embargo, más de cinco años después de la entrada en vigencia de la ley, los resultados no son los esperados. “La restitución de los derechos territoriales de las víctimas indígenas y afrodescendientes no avanza. Avanza el despojo y su legalización, y la persecución de líderes”, dijo a Mongabay Latam Yamile Salinas, investigadora del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz).
Salinas presentó un informe en diciembre de 2016 en el que muestra que solo han sido restituidas el 6 por ciento de las hectáreas que estas comunidades han reclamado. De acuerdo con datos de la Unidad de Tierras y de la Rama Judicial a agosto de 2016, de las 61 solicitudes de restitución étnica presentadas, 37 corresponden a resguardos y 24 a consejos comunitarios. De estas 61, solo cuatro han logrado que una sentencia judicial les regrese la tierra.

Esto en hectáreas significa que, de las más de 2 millones de hectáreas reclamadas por comunidades étnicas, solo 123 mil han sido restituidas por la vía judicial. El resto están siendo estudiadas por la Unidad de Tierras o en el despacho de un juez a la espera de un fallo.
El asunto se torna más preocupante si se tiene en cuenta que esta ley es transitoria y que tendrá una duración de 10 años. Es decir, solo quedan cinco más.

Los intereses tras la tierra  

Desde que se creó la constitución de 1991 en Colombia existe la figura de resguardos indígenas –que tienen autonomía sobre sus territorios– y los consejos comunitarios para el caso de los afrocolombianos. Aunque las figuras existan, el problema para muchas comunidades es que, aunque las han reclamado por décadas, aún no tienen los títulos de esas tierras
Como no todos los casos son idénticos, la Unidad de Restitución de Tierras, una entidad creada en 2011, hace el estudio de lo sucedido y si lo considera pertinente presenta una demanda ante un juez, quien tiene la última palabra sobre si se conceden los títulos o no. Son procesos que por lo general tardan más en etapa de estudio por lo amplio de los territorios reclamados.
De acuerdo con los expertos, son también decisiones complicadas porque hay intereses económicos por la tierra. Salinas coincide con otros expertos en el tema en que hay “una incongruencia en las políticas económicas y las de los derechos humanos”, pues mientras el gobierno de Juan Manuel Santos prometió el retorno de las comunidades a sus territorios, promueve lo que llama la ‘Locomotora Minera’, que implica la ampliación de las concesiones mineras en el país.
La Constitución de 1991 reconoció los territorios colectivos. Resguardos en el caso de los indígenas y consejos comunitarios para los afrocolombianos. Foto: Unidad de Restitución de Tierras.
Se refiere, entre otras cosas, a los proyectos mineros (legales e ilegales) y plantaciones de monocultivo de palma que se instalaron en el territorio, sin consultar con las comunidades, y que ahora son un obstáculo para la titulación de tierras. Este es un asunto que ya ha sido reconocido por la Corte Constitucional, que en sus pronunciamientos ha dicho que la presencia de megaproyectos agrícolas o de explotación minera en zonas históricamente habitadas por los grupos étnicos ha propiciado un nuevo escenario de amenazas por la presencia de actores armados que intimidan a la población para que abandonen sus territorios.

Así sucede en el Chocó, un departamento del Pacífico colombiano. Cocomopoca, el Consejo Comunitario Mayor de la Organización Campesina del Alto Atrato, está compuesto por 46 comunidades que viven en cuatro municipios al occidente del Chocó, en las cuencas del río Atrato. En esta región han hecho presencia distintos grupos armados: las FARC, el ELN, paramilitares y los grupos que surgieron después de la desmovilización de estos últimos en 2006. A causa de la violencia el Consejo Comunitario pasó de tener 30 000 habitantes a finales de los 90 a los 12 000 que lo componen hoy.
Entre 2007 y 2009, cuando la comunidad vivía la época más fuerte de desplazamiento forzado, el gobierno entregó 21 contratos de concesión con empresas mineras e individuos sobre más de 17 000 hectáreas del territorio colectivo.
“Nosotros creemos que la restitución ha avanzado solo como un 20 por ciento en un territorio como Chocó, donde los jueces se enfrentan a presiones de empresarios colombianos y extranjeros que tienen intereses sobre la tierra”, aseguró un líder de Cocomopoca, que pidió la reserva de su nombre por motivos de seguridad.
Sucedió igual en el Reguardo Indígena Embera Katío del Alto Andagueda, también en el Chocó, donde el gobierno había entregado concesiones para explotación de oro en el 63 por ciento del territorio. Pero en este caso, una histórica sentencia de septiembre de 2014dio un vuelco a la situación, pues el juez de restitución de tierras decidió no solo titular 50 000 hectáreas a los indígenas, sino que exigió la suspensión de las licencias mineras a las cinco empresas que tenían permisos legales para la explotación de oro, entre ellas, la compañía Continental Gold Limited Sucursal Colombia, la compañía Exploraciones Chocó Colombia S.A.S y la sociedad AngloGold Ashanti.

“En temas de minería ahorita estamos calmados, pero por la sentencia, en la comunidad la gente dice que una empresa puede entrar, siempre y cuando haya una consulta con las comunidades, como dice la ley”, indicó a Mongabay Latam Otoniel, nombre en castellano del líder indígena de esta comunidad.
De una forma similar, en julio de 2015 los jueces decidieron regresar 71 000 hectáreas al Consejo Comunitario Renacer Negro en Timbiquí, Cauca, al sur del país, la única comunidad afrodescendiente a la que hasta ahora le han restituido los derechos sobre la tierra. Allí también se suspendieron los ocho títulos de concesión minera para explotar oro, plata, plomo, hierro, manganeso, níquel, platino, cobre y zinc. Estas decisiones no han caído bien entre el empresariado colombiano.

¿Hay daños ambientales?

El impacto ambiental de estos proyectos mineros en los territorios étnicos está siendo medido por la Unidad de Restitución de Tierras cuando hace el estudio de cada caso, pero aún no existe un balance nacional sobre estos daños.
Las sentencias que han reconocido los derechos de estas comunidades han recordado que la tierra étnica no puede entenderse como un simple instrumento de producción agrícola, sino como parte fundamental de la vida de estos pueblos.  Por eso, consideran fundamental medir los daños ambientales que ha causado la minería, la palma y la erradicación de los cultivos de coca y lo han incluido así en sus órdenes.

Vista aérea del impacto de la minería en Timbiquí, Cauca. Foto: Unidad de Restitución de Tierras.

El fallo que concede la tierra al Consejo Comunitario Renacer Negro explica que la situación de conflicto armado permitió la entrada masiva de la minería a cielo abierto y, para ello, dragas y retroexcavadoras removieron grandes cantidades de tierra. Esto implicó graves afectaciones a las vegetaciones, como la perdida de conectividad ecológica por la fragmentación del habitad y la “contaminación causada por la inadecuada disposición sobre la superficie, todo ello dispersa la fauna local y crea barreras en los procesos de las especies vegetales, causando perdida la cobertura vegetal”, señala la sentencia.
  
Agrega que el paisaje ha sido removido y las comunidades han perdido la conectividad histórica que han tenido con el mismo. Este deterioro ha causado la desaparición en el territorio de especies nativas como, por ejemplo, algunas aves de corto vuelo como la pava, el paujil y las guacharacas, especies dispensadoras de semillas que contribuyen a la regeneración del bosque.
Con relación a las afectaciones sobre las fuentes hídricas, la sentencia asegura que no hay suficiente control de las autoridades sobre los residuos que llegan a los ríos. “En algunas minas de la zona, los lodos se vierten directamente a las quebradas del río Timbiquí. Estos vertidos en grandes cantidades, alteran el sustrato de los cauces del río aguas abajo, obstruyen los flujos reduciendo el habitad de pequeños peces invertebrados, alterando las áreas de reproducción y de refugio de organismos acuáticos y disponibilidad de alimentos”, dice el documento.

La mayoría de estas decisiones sobre restitución de territorios étnicos han recordado también el impacto que ha tenido la fumigación aérea con glifosato, pues no solo causó la pérdida de los cultivos de pancoger, sino problemas de salud de los habitantes, y efectos graves contra la fauna y la flora. Esta fue usada como uno de los principales métodos de erradicación forzada de los cultivos de coca en Colombia, hasta que en mayo de 2015 fue suspendida por el orden del presidente Juan Manuel Santos.
En el Consejo Comunitario de La Larga Turmaradó, en los límites de Chocó y Antioquia, los empresarios ocupan más del 50 por ciento del territorio –las áreas más productivas– de acuerdo con información del Centro de Investigación y Educación Popular, ONG que acompaña el reclamo de los afrodescendientes.
Aunque este caso no ha sido resuelto por una sentencia, un juez sí ordenó unas medidas cautelares, es decir unas medidas de protección antes que se emita un fallo, en las que reconoce el impacto de deforestación que tiene los proyectos de monocultivos a gran escala. Sin embargo, ante la escasa información que hay al respecto ordenó a distintas autoridades ambientales del país hacer un estudio detallado de cómo este cultivo ha impactado en el ecosistema.
Ocurre lo mismo en los Montes de María, una región ubicada en la costa Caribe colombiana, 44 de las 600 hectáreas que reclaman los afrodescendientes del Consejo Comunitario ‘Eladio Ariza’ han sido sembradas con palma.
Sin embargo, vale aclarar que la proliferación de los cultivos de palma en territorios que son reclamados por las víctimas de la violencia no es un fenómeno único de las comunidades étnicas, sino que es común también entre los campesinos, en especial de la costa Caribe colombiana y los Llanos orientales.

¿Es posible regresar?

Las organizaciones de derechos humanos que acompañan las demandas de estas comunidades denuncian que persiste la violencia. “Geográficamente estamos ubicados en un corredor donde pasan todos los grupos. El proceso de paz ha bajado la violencia, pero todavía hay desplazamiento”, aseguró Otoniel, líder indígena de la comunidad Embera Katío en Chocó.

Desde 2014, la Defensoría del Pueblo ha advertido en diferentes espacios que son pocos los avances de la restitución étnica y que mientras tanto las comunidades siguen en riesgo, sobre todo en Chocó, “Existe una manifiesta limitación por parte de grupos ilegales al ejercicio de la autonomía y gobierno propio de las autoridades étnicas, quienes se han visto cooptados por intereses económicos sobre los territorios colectivos o ancestrales (…) A estas presiones se suma la debilidad de los mecanismos de protección estatales que inciden en la inaplicación de los derechos reconocidos a las comunidades en su condición de sujetos de especial protección constitucional”, dice el informe ‘Crisis humanitaria en Chocó’.

De acuerdo con cifras de la ONG Somos Defensores, que hace seguimiento a los crímenes contra líderes sociales, de los 378 defensores de derechos humanos que fueron asesinados entre 2002 y 2016 en Colombia, 123 eran indígenas y 24 afrodescendientes. Por esa razón, las comunidades han insistido que el Estado les dé garantías para reclamar sus territorios.
“Yo me muevo por toda esa zona, en medio de un río caudaloso, donde hay paramilitares, guerrilleros, de todo. Nosotros estamos pidiendo medidas de protección integrales, que no solo sea para los que somos de la mesa directiva, sino para toda la comunidad”, indicó el líder del Consejo comunitario Cocomopoca que pidió la reserva de su nombre. Los líderes de este territorio han recibido amenazas de muerte en repetidas oportunidades durante los últimos dos años y en respuesta la Unidad Nacional de Protección, entidad encargada de prestar seguridad en estos casos, les ha entregado un chaleco de seguridad y un teléfono celular.
De acuerdo con Carlos Guevara, coordinador del sistema de información de Somos Defensores, en el informe que realizan cada año siempre los líderes de comunidades étnicas aparecen entre las víctimas más frecuentes. “Esto se da por varias razones. Primero porque muchas de las zonas de combate y donde confluyen varios actores armados en Colombia son resguardos indígenas. También porque desde 2013 cuando entró en marcha la llamada ‘locomotora minera’ aumentaron las disputas por la tierra que históricamente ha sido de estas comunidades”, dijo el experto a Mongabay Latam. Agregó que la Ley de Víctimas ha hecho más evidentes, además, algunos enfrentamientos de estas comunidades con campesinos que ocupan la tierra o entre las minas y comunidades étnicas.
Además de retornar y tener los títulos de sus tierras, las comunidades esperan que el Estado cumpla la deuda histórica que tiene con ellos: que se construyan vías de comunicación con los centros poblados, se instalen los colegios y centros médicos y que se pacten comúnmente los modelos de desarrollo regionales.

TOMADO DE: https://es.mongabay.com/2017/02/colombia-lento-retorno-los-indigenas-afrodescendientes-territorios/ 

23 de enero de 2017

CUATRO LÍDERES AFROCOLOMBIANOS ASESINADOS EN 2017

Cuatro líderes en 18 días han hecho saltar todas las alarmas en el Chocó sobre una situación que no es nueva. Por ello, el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá ha exhortado al presidente de Colombia y al Gobierno a que tome medidas efectivas de protección de los líderes sociales y defensores de derechos humanos y advierte con especial énfasis sobre la situación de las comunidades del río Atrato “que siguen expuestas a las actuaciones de grupos paramilitares”.

 
El Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá denuncia el asesinato de cuatro líderes afrocolombianos en 18 días y exige a Gobierno que tome medidas de protección

Cuatro líderes en 18 días han hecho saltar todas las alarmas en el Chocó sobre una situación que no es nueva. Por ello, el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá ha exhortado al presidente de Colombia y al Gobierno a que tome medidas efectivas de protección de los líderes sociales y defensores de derechos humanos y advierte con especial énfasis sobre la situación de las comunidades del río Atrato “que siguen expuestas a las actuaciones de grupos paramilitares”.

Las palabras de denuncia del Comité se producen apenas dos días después del asesinato de Emilsen Manyoma, y de su esposo Joe Javier Rodallega, lideresa del Bajo Calima (límite entre el Chocó y el Valle del Cauca), e integrante de la red CONPAZ. Una muerte que se suma a la de Moisés Mosquera Moreno, de 30 años, ocurrida en la comunidad de Caño Seco, en el río Salaquí (Riosucio) el pasado 7 de enero, y la de su padre, Juan de la Cruz Mosquera, de 54 años, solo dos días después. Este pertenecía al consejo comunitario de Tamboral, y era pastor de la iglesia Pentecostal y líder comunitario. Este crimen es atribuido a los paramilitares denominados “Gaitanistas”, explica en un comunicado el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá que denuncia ante la comunidad internacional la violación de derechos humanos y el asesinato de estos cuatro integrantes de las comunidades afrocolombianas.

Recuerdan las decenas de líderes y lideresas asesinados el año pasado y exigen al Estado Colombiano “que demuestre su auténtica voluntad de Paz”, y que “apliquen justicia y detengan esta oleada de crímenes contra los defensores de Derechos Humanos, líderes comunitarios y trabajadores por la paz”.

En los primeros 11 días del año ya se han reportado cinco asesinatos de campesinos y líderes sociales en zonas de lucha territorial. Además de los casos del Chocó, hay otros en Cauca, Córdoba y Cesar. La alerta sobre paramilitares en el río Atrato se produce al tiempo que la Fiscalía insiste en afirmar que no existen grupos paramilitares en Colombia y que los asesinatos de líderes sociales no responden a un patrón sino que son hechos aislados. La denuncia se produce una semana después de que las propias Naciones Unidas advirtieran en su informe de seguimiento del proceso de paz del intento paramilitar de ocupar los espacios que dejan las FARC en su desmovilización. Y a pesar de las denuncias y los asesinatos ayer mismo el ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, insistía en una entrevista en RCN Radio que “no hay paramilitares, así que aceptar eso es darle garantías políticas a quienes no las merecen. Hay asesinatos pero no son sistemáticos, si lo fueran sería el primero en aceptarlo”.

Denuncia de Afrodes
En este mismo sentido, Marino Córdoba, representante de la Asociación de Afrocolombianos Desplazados, (Afrodes), también ha denunciado que los paramilitares han incrementado considerablemente su presencia en Buenaventura, Cauca y Chocó, dejando a su paso amenazas y muertos de líderes sociales afros. En una entrevista con BluRadio ha advertido que el grupo paramilitar gaitanista está copando espacios que están dejando las FARC que hoy se concentra en los sitios para el desarme. “Estamos muy preocupados porque no hay una respuesta del Estado para garantizar la seguridad de los líderes y por otro no se está persiguiendo a los grupos armados”,

Equipo Colombia Plural // Fotos: Steve Cagan
Tomado del portal WEB, de la Pastoral Social de la Diócesis de Quibdó.
Disponible en: http://www.choco.org/index.php/informativo/549-bojaya-denuncia-que-en-el-atrato-si-hay-una-amenaza-paramilitar