29 de septiembre de 2017

¿Por qué la Justicia Especial para la Paz-JEP es importante para el pueblo afrocolombiano?

“La Jurisdicción Especial para la PAZ – JEP se presenta como una oportunidad para los afrocolombianos para el esclarecimiento de la verdad, obtener medidas de no repetición y reparación en el marco del conflicto armado”. 


La corte constitucional colombiana en el 2009 reconoce a través de su auto 005 de seguimiento a la sentencia T-025 que el pueblo afrocolombiano ha sufrido impactos desproporcionados del desplazamiento forzado y la resistencia frente a sus derechos colectivos. No cabe duda que el pueblo afrocolombiano fue y ha sido una de las poblaciones que más ha sido afectada por el conflicto armado, a tal punto que, junto a otros factores, de reconfigurar a este pueblo que hace diez años era eminentemente rural a principalmente urbano en la actualidad. La desterritorialización y el desplazamiento ha puesto en peligro la existencia cultural de este pueblo.

Por otro lado, los impactos del conflicto armado han sido proporcionales a la impunidad que ha tenido que soportar el pueblo negro, lo que ha degradado en nuevas formas de revictimización al no poder saber la verdad y al no tener garantías de no repetición. Es entonces que la Jurisdicción Especial para la PAZ – JEP se presenta como una oportunidad para que los afrocolombianos puedan tener algún esclarecimiento de la verdad, obtener medidas de no repetición y reparación. Es decir que puedan acceder a la justicia que en el medio del conflicto no tuvimos. Será una oportunidad para saber quiénes y bajo que motivos movilizaron las afectaciones de nuestras comunidades.

Una de las principales secuelas de la esclavización es la invisibilización y la baja representación de este pueblo en los espacios de toma de decisión, por ejemplo, cabe señalar la baja presencia de afrocolombianos en las altas cortes (Corte suprema de justicia, Consejo de Estado y Corte Constitucional), lo cual no es el resultado del azar, sino consecuencia del racismo. En este sentido, incluir a los afrocolombianos en la estructura de la JEP no solo es un reconocimiento a este pueblo como uno de los grupos poblacionales más impactados por el conflicto, sino también como una medida de reparación histórica a un pueblo que todavía vive las consecuencias de la esclavización.

¿Por qué es importante que haya afrocolombianos en la en la estructura de la JEP?

Uno de los elementos que limitan el acceso de los afrocolombianos a la justicia es la desconfianza hacia la institucionalidad responsable de impartirla, bebido a que muchas veces esta se articuló con los victimarios en los territorios. Los tiempos de guerra para los afrocolombianos también significaron un importante sacrificio a la verdad, la justicia y la reparación.

En este sentido, la presencia de afrocolombianos como magistrados puede servir de puente de confianza entre los afrocolombianos víctimas y el acceso a la verdad y la justicia. Sin embargo, estos magistrados deben ir más allá del color de piel y deben conocer las situaciones y dinámicas vividas por los afrocolombianos en medio del conflicto y deben contribuir a la sensibilización de estas situaciones hacia los diferentes actores involucrados en la estructura de la JEP. Esto sin duda contribuye a la justicia sustentada en la verdad y el reconocimiento del pueblo afrocolombiano.

La presencia de afrocolombianos y afrocolombianas como magistrados puede significar una garantía para las víctimas afrocolombianas, ya que se pueden generar sentimientos de seguridad al creer que con esto se puede evitar que haya alguna inclinación hacia alguno de los bandos victimarios de las comunidades afrocolombianas.

Para el pueblo afrocolombiano y para sus organizaciones la implementación de los acuerdos de paz en general y en particular la JEP implica un reto organizativo que motiva a replantearse la incidencia política y la forma de cómo nos hemos venido relacionando con lo público. Esto nos llama a ser más creativos y propósitos. En este sentido, la convergencia es fundamental, ya que construir desde la diferencia que caracteriza al pueblo afrocolombiano puede contribuir a que se acceda de forma más eficiente a los ejercicios de verdad, justicia y reparación.

Por último, es importante no confundir las reparaciones históricas que el pueblo afrocolombiano ha venido exigiendo al Estado relacionadas a las consecuencias de la esclavitud y las reparaciones suscitadas por los daños del conflicto armado. Sin embargo, este último ha profundizado las consecuencias de la primera y generado otras afectaciones como el desplazamiento y la desterritorialización. La titulación colectiva, la exigencia de mayor representación en los escenarios de poder, la lucha contra el racismo deben estar siempre presente en nuestras exigencias al Estado colombiano, junto a la búsqueda de la verdad, la reparación y las garantías de no repetición como medidas que nos llevarán a encontrar una paz estable y duradera.


Oficina Prensa y Comunicaciones CNOA

 Nota tomada de: http://convergenciacnoa.org/la-jep-importante-pueblo-afrocolombiano/  

25 de septiembre de 2017

San Pedro Claver y los Derechos Humanos

El 18 de noviembre de 1985 el Congreso de Colombia presentó solemnemente en una ley a Pedro Claver como el precursor del alivio y defensa de oprimidos en América, y a la ciudad de Cartagena de Indias, donde ejerció su apostolado, como sede de los derechos humanos en Colombia.


Por: Tulio Aristizábal S.J.

Curioso que ese extraño jesuita, quien durante la primera mitad del siglo XVII gastó su vida protegiendo a los esclavos africanos de las tropelías y desmanes de tantos españoles, merezca ser exaltado en forma tal en este siglo XX. Nosotros ahora, cuando vivimos obsesionados por lo científico, por lo presentado en limpias estadísticas, ansiosos de profundizar en complejas teorías; que rechazarnos como caduco lo que se ha dado en llamar "paternalismo", desearíamos un paradigma más conforme con nuestro gusto.

Porque este empecinamiento en lo teórico nos lleva a llenar páginas y páginas de los más profundos tratados sobre las injusticias y desequilibrios en los que naufraga nuestra sociedad. Esperaríamos, por tanto, que Claver hablara. Si es el modelo de defensores, que nos muestre lo que piensa; que se reediten hoy, en impecables publicaciones, sus tratados sobre la libertad y dignidad del hombre.

Lejos de ello, nos encontrarnos ante la realidad de un hombre que no dejó escritos. Sólo dos o tres cartas a sus familiares y a sus compañeros de apostolado. Y no que entonces fuera imposible acudir a la imprenta para exponer y defender las propias ideas. Ahí están, como ejemplos bien patentes, Las Casas y Sandoval.

El fraile dominicano Bartolomé de Las Casas cruzó 14 veces el Atlántico, durante dos años siguió a la Corte de Carlos V en busca de audiencia del soberano. Todo ello para clamar contra las injusticias que aniquilaban las razas indígenas de América. Y dejó, a más de otros escritos, un tratado breve pero cruel, al que dio por título "Brevísima relación de la destrucción de las Indias". Algunos lo tachan de exagerado, mentiroso y poco objetivo. Pero ahí está, como testimonio de una ignominia ante la que no podernos cerrar los ojos.

El otro fue un jesuita, Alonso de Sandoval, bien cercano a Claver puesto que podemos decir que fue su mentor y compañero en la brega. También él dejó un juicioso tratado sobre el tema, referente éste a los esclavos africanos. Le dio un título extraño, complicado para nosotros pero muy del gusto de la época, lo llamó: "De instauranda aethiopum salute: El mundo de la esclavitud negra en América". El libro de Sandoval no es de fácil lectura; denso y muchas veces monótono. Pero pone el dedo en la llaga, se rebela contra la injusticia de la esclavitud, a la que nada ni nadie puede justificar.
Uno de estos dos personajes bien podría haber servido de modelo para la defensa de los derechos humanos. En cambio Claver no viajó ni escribió. Fuera de su salto de Sevilla a Cartagena, y dos o tres viajes Magdalena arriba hasta Santafé de Bogotá, Claver se la pasó en la ciudad amurallada y en su provincia de la llanura atlántica. Nada dejó escrito. Ni un profundo tratado catequético como el de Sandoval; ni el alegato, descarado si se quiere, de los escritos de Las Casas. Claver siguió el ejemplo de su modelo, Jesucristo, quien "comenzó a obrar y a enseñar". No escribió, sino hizo. ¡Y cuántas cosas hizo!

Era Claver la primera sonrisa que veían en mucho tiempo aquellos pobres africanos desarraigados salvajemente de sus tierras, el primer contacto con una mano amiga. Más con los ademanes que con las palabras los reconciliaba con la vida. Entonces sabían que al menos no venían a servir de alimento a los hombres blancos ni a proporcionar el aceite de sus cuerpos para calafatear los navíos. Por fin alguien les hacia sentirse de nuevo personas, seres humanos a quienes se ama, se compadece y se comprende. Narra su biógrafo que por medio de los intérpretes les decía "que él venía a serles amparo y padre, como  lo experimentarían en su amor. Era tan tierno el que les mostraba en el semblante, que mirándolos y mirado de ellos, los decía más a los ojos, que las palabras de los intérpretes al oído. Entendíanle, aunque bozales, aquella habla muda del mirar, más elocuente que toda la retórica para dar a conocer los afectos del alma; y con una oculta simpatía, se les iba el amor al venerable padre".

Venía después el recoger a los moribundos en su propia capa, curarles las llagas, darles alimento, recibir en su rostro las lágrimas y el dolor de tantas almas, hasta volverlos a la vida. Una vida que continuaba esclava en el cuerpo, pero libre en el espíritu gracias a la fe que sembró por el bautismo y quedó enraizada en un pueblo creyente como es éste nuestro, a pesar de los horrores que vivimos.

Y recorrer las calles de Cartagena. Aquí un negro se arrodilla y le besa la mano; el santo lo deja hacer, le suelta algunas palabras en su dialecto que iluminan con amplia sonrisa la cara del esclavo. Más allá, en la casa del capitán Villalobos, se agolpa la gente porque ha muerto Agustina, la esclava angolesa. Claver llega, ora, llama a la mujer "¡Agustina! ¡Agustina", y ésta vuelve en al para recibir el bautismo y morir en paz. En aquella otra morada hay un pobre apestado. Nadie se le acerca; el olor es insoportable; aun el sacrificado hermano González, su compañero de siempre, tiene que abandonar la habitación. Pedro sonríe, se acerca al enfermo, llega hasta acariciarlo para que no se sienta avergonzado. Lo limpia, lo enjuga con un paño impregnado en vino, le sugiere oraciones. Y sale a tocar otras puertas. Más enfermos, más lágrimas qué enjugar. Un día lo encontró el sargento Jerónimo Jiménez en la puerta de la Medía Luna. "¿A dónde va el padre?" le pregunta. "A Carnestolendas" le contesta Claver, es decir, al carnaval. Y el carnaval para él era San Lázaro, el hospital de los leprosos, donde pasaba las horas consolando y llevando una luz de esperanza.

Desnudó ante los blancos las injusticias que cometían con los esclavos, y los obligó a tratarlos como hermanos. Unos años antes de Claver vivió en la misma Cartagena otro hombre, también enloquecido por la defensa del esclavo ante el injusto. Se llamaba Luis Beltrán, y cuentan, entre leyenda y realidad, que un  día, sentado a la mesa con algunos nobles españoles de los que maltrataban sin misericordia a los indios sometidos, el frailecito dominicano tomó en sus manos un pan, y exprimiéndolo a la viste de todos, hizo salir gotas de sangre de él. "Esta sangre, les dijo, es el sudor de los pobres indios; piensen de dónde sacan ustedes el alimento". Fue lo mismo que hizo Claver con su ejemplo: plantarse frente a ellos, frente a nosotros, y contamos qué hizo por los esclavos, para preguntamos qué estamos haciendo nosotros ante las injusticias de este tiempo.

Sí, Claver no escribió. No dejó tratados polémicos de protesta contra la esclavitud. Nos enseñó lo que es necesario hacer ante la miseria humana. Lección difícil de comprender y que muy pocas veces nos atrevemos a seguir. Mejor y más cómodo es enviar al periódico, desde nuestro escritorio, artículo muy bien hilvanados para desnudar ante el mundo las injusticias de esta sociedad.


Ojalá con todo el papel en que se han escrito tantas cosas bellas a favor de los derechos humanos en Colombia, con todas las revistas y periódicos, con todos los libros y afiches publicitarios adornados con la palomita de la paz, hiciéramos una inmensa hoguera y en ella consumiéramos de una vez para siempre el odio y la injusticia que están acabando con esta patria nuestra a la que tanto queremos. Estas, tal vez, podrían ser palabras de Pedro Claver, el defensor de los derechos humanos.

Publicado originalmente en El Tiempo, el 12 de septiembre de 1999.

18 de septiembre de 2017

La problemática indígena y afro en el acceso a la tierra en Colombia

Mitos y realidades de los derechos territoriales de las comunidades étnicas en Colombia

Comunidad indígena.

Sandra NaranjoJuan SandovalCarlos SuescúnFrancis VargasSegún algunos dirigentes, los indígenas y afrodescendientes son los mayores terratenientes de Colombia. Pero el estudio cuidadoso de las cifras desmiente esta falacia que en efecto promueven los verdaderos acaparadores de tierras.

Sandra Naranjo* - Juan Pablo Sandoval** - Carlos Suescún*** - Francis Vargas****

Los latifundistas indignados

No es la primera vez que personas estrechamente ligadas a la renta de la tierra en Colombia afirman que las comunidades indígenas y afrodescendientes son grandes terratenientes.
Hace pocos días, el senador Álvaro Uribe y su copartidaria, María Fernanda Cabal, esposa del presidente de la Federación Nacional de Ganaderos (FEDEGAN, reiteraron en espacios públicos esta falsedad, quizá con la intención de enredar el debate sobre la tierra en Colombia.
La afirmación de Uribe y Cabal no solo es demagógica, sino bastante dañina. Pretende ocultar la realidad que viven los pueblos y comunidades indígenas y afrocolombianas, caracterizada por el genocidio y la expoliación que vienen desde la Conquista y se han prolongado a lo largo de la historia. En la actualidad, estos pueblos y comunidades son las principales víctimas del conflicto sociopolítico y armado que persiste en el país, uno de cuyos resultados más concretos ha sido la naturalización del autoritarismo.

Algunos datos

Población Afrocolombiana.
Población Afrocolombiana.
Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá
Según cifras del Instituto Geográfico Agustín Codazzi consolidadas en el 2009, el área cubierta por los resguardos indígenas legalmente constituidos ascendía a 31.542.257,1795 hectáreas; por su parte, el área en territorios colectivos de comunidades negras era de unas 4.990.349,0862 hectáreas. En total, estos dos espacios territoriales representan cerca de la tercera parte del total del espacio continental de Colombia.
Cuadro 1. Área de los territorios colectivos étnicos.
Descripción
Área
Resguardos indígenas
31.542.257,1795 ha
Comunidades afrodescendientes
4.990.349,0862 ha
Total
36.532.606,2657 ha
Con estas cifras, muchos afirman que las comunidades indígenas y afrodescendientes son los verdaderos terratenientes del país. Sin embargo esta lectura es superficial y demagógica, pues, por una parte, desconoce la precariedad de estos territorios, en cuanto a riqueza del suelo, y la vocación productiva de extensas áreas hoy en manos de pueblos y comunidades étnicas; por otra parte, no tiene en cuenta los procesos de despojo, desplazamiento, confinamiento y pérdida de derechos territoriales que han sufrido estos pueblos y comunidades a causa del conflicto armado y otros factores económicos y políticos, como la minería, el acaparamiento, los macroproyectos y el narcotráfico.

Los “terratenientes indígenas”

Al hacer un simple ejercicio de traslape entre los territorios de comunidades indígenas y las diversas vocaciones del suelo, se tiene que de las 31.500.000 hectáreas en resguardos indígenas legalmente constituidos, apenas un 1,4 por ciento tiene vocación agrícola (454.782 hectáreas) y otro 1 por ciento tiene vocación pecuaria (300.950 hectáreas). Esto demuestra su muy limitada  capacidad para usufructuar el suelo.
Al desconocer la calidad de las tierras con vocación agrícola y pecuaria, se pueden inferir conclusiones muy erróneas. Así, los “terratenientes indígenas” tienen dominio sobre un extenso espacio, pero solo pueden cultivar y tener ganado en poco más de 750.000 hectáreas.
De este simple cruce de información se obtiene que el área restante de los resguardos (más de 30.700.000 de hectáreas) corresponde a bosques y áreas protegidas. La distribución específica es así: 29.400.000 hectáreas tienen vocación forestal y agroforestal, y 1.200.000 hectáreas son áreas de conservación de suelos. Así mismo, según los datos suministrados por el IGAC, 203.050 hectáreas son reportadas como “vacías”.
Cuadro 2. Vocación de los territorios indígenas.
Descripción
Área total
Vocación agrícola
Vocación pecuaria
Bosques y conservación
Resguardos indígenas
31.542.257 ha
454.782 ha
300.950 ha
30.786.525 ha

Ahora bien, hagamos un simple cálculo per cápita. Según Roldán y Sánchez, en diciembre del 2012, en los 768 resguardos indígenas existentes en Colombia vivía un total de 1.071.482 personas. Es decir, que si se considera estable la tierra con vocación agrícola y pecuaria (entre 2009 y 2012), el área per cápita en estos usos, para el caso de las comunidades indígenas, sería de 0,70 hectáreas, que equivaldría a menos de 4 hectáreas por familia (considerada como un grupo compuesto por 5 personas). ¿Cuánta será el área per cápita de la familia Uribe Moreno?

Los “terratenientes negros”

De los cerca de 5.000.000 de hectáreas que comprenden los territorios de comunidades negras (en el 2009), apenas el 7,3  por ciento (363.635 hectáreas) tiene vocación agrícola y el 2,5  por ciento (122.607 hectáreas) tiene vocación pecuaria. El resto del espacio comprendido en estos territorios se distribuye así: 82,2  por ciento corresponde a vocación forestal y agroforestal, y el 8,1 por ciento restante corresponde a áreas de conservación de suelos.
Cuadro 3. Vocación de los territorios colectivos de comunidades negras.
Descripción
Área total
Vocación agrícola
Vocación pecuaria
Bosques y conservación
Títulos colectivos de comunidades negras
4.990.349 ha
363.635 ha
122.607 ha
4.504.107 ha

Entonces, sumando las tierras y el uso o potencial uso agropecuario de las comunidades indígenas y afrodescendientes, se tendría, para el 2009, un total del 1.241.974 de hectáreas productivas.
Es poco probable que esta cifra haya cambiado radicalmente bajo el Gobierno Santos porque cada ampliación de un resguardo indígena corresponde, en gran medida, a áreas protegidas o Parques Nacionales, y no a tierra con vocación agropecuaria.
Aún más - y al revés de lo que ocurre con los verdaderos terratenientes del país, cuyas propiedades crecen rápidamente- tanto los indígenas como los negros están sujetos a los tiempos ineficientes de adjudicación, titulación, saneamiento y ampliación de sus territorios (estas adjudicaciones y demás procedimientos pueden tardar entre 11 meses y 11 años) por unas entidades que no han dejado de fracasar en sus tareas, como Incora e Incoder, hoy Agencia Nacional de Tierras.

“Terratenientes” sin poder ni tierra

María Fernanda Cabal, representante a la Cámara.
María Fernanda Cabal, representante a la Cámara.
Foto: Congreso de la República de Colombia
Hablar de “terratenientes” implica, por lo menos, la existencia de poder y control sobre las tierras.
Sin embargo, si algo ha caracterizado la lucha histórica de las comunidades indígenas y negras, ha sido la exigencia de su derecho a la autonomía. En contravía de esta reivindicación, todo el mundo quiere los territorios colectivos: las empresas mineras legales y las no legales, los empresarios agroindustriales, los grupos armados y hasta el mismo Estado. Esta situación puede ser ilustrada con dos ejemplos.
  • El resguardo Tahamí, en el Alto Andágueda, departamento del Chocó, perteneciente al pueblo Emberá Katío, tiene un total de 50.000 hectáreas, que fueron restituidas mediante la primera sentencia para comunidades indígenas en el 2014. Solo a través de este proceso se hizo público, incluso para las autoridades indígenas, que el Estado había adjudicado títulos mineros a varias empresas sobre el 62 por ciento del territorio. Esta sentencia también reconoció  la violación de derechos humanos que había sufrido la comunidad y que la convertía en víctima del conflicto. Dicho de otra manera, a estos “terratenientes” nadie les respeta sus tierras y, por el contrario, ellas los convierten en blancos de abuso y victimización.
  • El caso  del territorio colectivo de comunidades negras en la cuenca del río Cacarica (el escenario de la famosa “Operación Génesis”)  tuvo que ir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuya sentencia de noviembre del 2013 reconoció los hechos aberrantes a los que fue sometida esta comunidad. Entre otras disposiciones, la sentencia establece la responsabilidad del Estado por la violación al derecho a la propiedad colectiva, en perjuicio de los miembros de la comunidad afrodescendiente desplazada de su territorio y de los miembros del Concejo Comunitario.
También vale la pena destacar que de conformidad con los últimos datos disponibles, el área total que cubrían los títulos mineros en territorios de comunidades indígenas y afrodescendientes era de 667.491 hectáreas, o sea, un espacio casi igual al área con vocación y uso agrícola de las tierras de estas comunidades. A lo cual debemos añadir  que para el año 2014 las comunidades étnicas reclamaban alrededor de 1.200.000 hectáreas por hechos de despojo.

Barbarie, concentración y uso irracional de la tierra

A pesar de todas estas adversidades e injusticias, las comunidades indígenas y afrodescendientes han cumplido de manera muy sofisticada, y en medio de enormes dificultades, con una extraordinaria labor de conservación de la verdadera ventaja comparativa de la cual aún dispone Colombia: la biodiversidad.
Deberíamos no solo luchar contra nuestros prejuicios sino aprender de su saber hacer para diseñar políticas realmente pertinentes en los tiempos que corren. Que nuestra sociedad no sepa aprovechar dicha riqueza y que otros sí lo hagan, no es culpa de estas comunidades ni las convierte en “terratenientes” ni en “latifundistas”.
Por lo demás, en temas de conservación de la biodiversidad no tenemos ninguna lección que darles. De hecho, Uribe y Santos atentan indiscriminadamente contra la biodiversidad con sus proyectos de profundizar el modelo minero-energético y la agricultura de gran plantación vía ZIDRES, PINES, proyectos de autopistas 4G y “reglamentación” (liquidación) de la consulta previa. Eso los convierte en los verdaderos bárbaros del subdesarrollo.
Finalmente, ¿hay o no hay concentración de la propiedad de la tierra en Colombia? Claro que sí, solo que el suelo con potencial productivo (no los bosques ni áreas protegidas) no está en manos de los campesinos, negros o indígenas, sino de grandes terratenientes que justifican esta posesión amparados en una supuesta función social de la propiedad, cuando en verdad se sirven de sus extensas propiedades para criar tres vacas por cada 100 hectáreas.
Y es que las cifras no mienten, como sí lo hacen Álvaro Uribe y el Centro Democrático. Según el Censo Nacional Agropecuario del 2015, el 0,4 por ciento de las unidades de producción agropecuaria posee el 65,1 por ciento del área con vocación o uso agrícola y pecuario. Los microdatos de este censo están disponibles para el público. Con estos se puede calcular el coeficiente de concentración de la propiedad aducida como privada en Colombia (sin contar la propiedad colectiva de indígenas y afrodescendientes), equivalente a un espantoso 0,902.
*Abogada
**Economista. Miembro del Grupo de Socioeconomía, Instituciones y Desarrollo (GSEID) de la Universidad Nacional de Colombia.
***Economista. Miembro del Grupo de Socioeconomía, Instituciones y Desarrollo (GSEID) de la Universidad Nacional de Colombia.
****Socióloga
Tomado de:https:  //razonpublica.com/index.php/regiones-temas-31/10451-mitos-y-realidades-de-los-derechos-territoriales-de-las-comunidades-%C3%A9tnicas-en-colombia.html