20 de febrero de 2018

Quinamayó, el pueblo afrocolombiano que celebra la Navidad en feberero

Los habitantes de Quinamayó, una pintoresca población de descendientes de esclavos negros en el suroeste de Colombia, adoran una figura del Niño Dios negro, el eje central de la Navidad que para ellos es a mediados de febrero y no el 25 de diciembre.



Por creencia popular, los habitantes de Quinamayó, caserío a unos 20 kilómetros del centro de la localidad de Jamundí, en el Valle del Cauca, decidieron que el 16 de febrero fuera la celebración de la Navidad porque justo en esa fecha se cumplen los 45 días de la dieta que guarda una mujer luego del parto.

La celebración comenzó el domingo por la noche, dos días más tarde de lo habitual debido a la lluvia que azota la región del Pacífico colombiano, con una colorida procesión por el pueblo en el que la gente lleva en andas un Niño Dios negro al que colman de cantos y bailes tradicionales.

La figura es acompañada por cantoras, ángeles y soldados cuya labor es "custodiarlo durante el desfile para que llegue sano y salvo", contó a Efe el coordinador del evento, Holmes Larrahondo. "El nacimiento del Niño Dios es el 25 de diciembre pero en nuestras comunidades negras tenemos la creencia que hay que guardar la dieta (cuarentena) de la mujer que da a luz a su hijo, entonces no celebramos la Navidad en diciembre sino en febrero", explicó Larrahondo. 

"Las personas que nos hacían esclavos celebraban su fiesta normalmente en diciembre y a nosotros los esclavos nos daban cualquier otro día del mes, entonces nosotros decidimos esa fecha después de los 45 días que María puede bailar con nosotros", detalló el coordinador.


En los festejos también hay bailarines que danzan la tradicional "fuga", una coreografía de adoración al Niño Dios que ejecutaban los esclavos negros cuando les daban momentos para festejar y en las que arrastraban los pies porque "no tenían mucha libertad" para moverse por las cadenas que llevaban.
Por tradición afrocolombiana, el Niño Dios es acompañado por dos madrinas y un padrino que, en palabras de Norfi Daniela Viáfara, es algo muy auténtico que resalta su "identidad como negros". "Es una identidad que no se pierde (...) que cada día renace, porque en ella están las personas que ya murieron y los que están más adultos. Pero seguimos siendo los niños y los jóvenes los que queremos siempre conservar esta tradición", contó a Efe.
Para Viáfara es importante proteger esta tradición navideña porque representa su "renacer" como negros.

"Los jóvenes somos los que hicimos que esta fiesta se hiciera. Queremos conservar su tradición porque no hay que perderla (...) Por mucho que estemos rodeados de otras culturas, porqué acá han llegado otras culturas y otros tipos de personas, no hay que perder esa identidad", apostilló.

Roberto Mosquera, un músico que toca la tuba, reconoce que los festejos son una tradición que les dejaron los antepasados y señala que la "fuga" es un baile "con mucho honor y mucho respeto". "No es para degenerarlo, es para aprender a bailarla y el que no sepa bailarla que no se meta a la fila a bailar reguetón porque eso degenera la tradición de la 'fuga'", manifiesta.

También aparecen en los festejos "la estrella de Oriente, que es la que nos va a guiar a donde está el Niño", según Mosquera, y junto a ella salen la Virgen María, San José y las indias, que acompañan al Niño Dios a la iglesia, en donde continúa la fiesta.
Después de eso, la multitud enciende antorchas, quema pólvora y lleva al niño Jesús a la plaza central del pueblo, en donde la fiesta llega a su apogeo en una celebración que se extiende hasta el amanecer. 

Tomado de: https://www.elespectador.com/noticias/nacional/quinamayo-el-pueblo-colombiano-que-celebra-la-navidad-en-febrero-articulo-740096
Nota original de Agencia EFE.

5 de febrero de 2018

Los afromexicanos y el pequeño Pushkin

Para demostrar al fin y al cabo que no existe la absurda separación de razas, sino que genios o personas comunes, todos somos simplemente seres humanos.


Teresa Gil, Libros de ayer y hoy
CIUDAD DE MÉXICO, 4 de febrero de 2018.- La referencia de Alexander Pushkin, el gran poeta nacional ruso, en el libro Pequeño Pushkin  y otras historias de Mauricio Carrera, me hizo recordar que, como aquel bardo, muchos de los habitantes del país, también son descendientes de esclavos.


En México, los afrodescendientes se han mezclado en un  profundo mestizaje que casi ha absorbido muchas de las características primitivas de ese conglomerado.

Como mestizos que somos convivimos normalmente entre todas las descendencias que existen en el país y si bien hay  una arraigada discriminación -como la que se  ejerce contra los indígenas-, la gran población convive como iguales con todo tipo de ciudadanos.

Pero ¿cual es la situación real de esos descendientes de esclavos que llegaron casi en la misma calidad, hace muchas décadas? Sus  países originales son africanos –últimamente Senegal, Guinea, el Congo, entre otros–, y se distribuyeron preferentemente en Guerrero, Veracruz, Oaxaca y Michoacán.

En los últimos años con el surgimiento de sus propias organizaciones y organismos académicos especiales, se ha puesto en evidencia la situación  precaria de este  sector injustamente olvidado, que representa no obstante el 1.2 por ciento de la población mexicana y que puede alcanzar la cifra de casi un millón y medio de personas.

La ONU dedicó en 2011  el año a Las Personas Afrodescendientes y  en varios medios ha tomado impulso la lucha por recuperar el gran aporte de esas comunidades, su integración al país, su cultura y sobre todo en aquellos sectores que han  dejado huella como los cultivos, la alimentación, su trabajo obrero y campesino y la reiteración  de una propuesta  que se extiende a muchos estados.

En las últimas décadas han llegado al país generaciones nuevas de africanos que se ha incorporado con otra cultura, pero en general, la lucha que impulsan sus organizaciones es para sacar de la marginación, la discriminación  y el rezago, a un  sector que ha dado tanto al país  y al que injustamente se le ha negado reconocimiento.

No hay que olvidar, que dos de las grandes libertadores del país, José María Morelos y Pavón y Vicente Guerrero, fueron afrodescendientes.

EL PEQUEÑO PUSHKIN

Como su apellido, Mauricio Carrera es un escritor de larga trayectoria que incursiona en diversos géneros, y que no desdeña el género corto en el cual es un  experto. Sus cuentos y relatos o novelas cortas, abordan los temas más insólitos.

Y está a punto de agregar uno más a su rebasada veintena de libros con  Infidelidad, que presentará el próximo 16 de febrero.

En esta ocasión  me he metido a su diverso y extraordinario libro  Pequeño Pushkin y otras historias (Universidad Autónoma de Nuevo León, Ficticia 2016) del que  solo mencionaré los avatares del migrante agredido por la que se considera raza superior gringa y  que descubre en el relato Marilyn y otros familiares,  que su misterioso suegro es una especie de William Bruce Jenner, el deportista convertido en transgénero.

Me quedé más tiempo con  Las hermanas Marx, en ese recorrido más profundo y serio del personaje que sustrae de la vida de Karl –nunca con  su apellido–, las grandes tragedias que signaron su vida con  la muerte de tantos hijos, mientras daba al  mundo la gran solución de su bienestar.

En ese  largo trayecto fincado en la última de sus hijas, la actriz  cuyo seudónimo era Leonor Izquierdo de Mairena,   bisabuela del protagonista, se trasmina el devenir de la historia, los personajes, los datos bien fundados, la Segunda Guerra Mundial, el franquismo, los héroes, los absurdas muertes, para llegar a los niños de Morelia auxiliados por el gran Lázaro Cárdenas.

Y dar, finalmente, la estocada sorpresiva con  el propio relator, un dato que como en los libros de suspenso no daré para que lean con entusiasmo este interesante libro.

Más parco, más bromista o quizá en la triste realidad de un  hombre extremadamente gordo, escritor famoso que esconde al público su aspecto, es el  del título que da nombre al libro.

Pero tuvo la virtud de traer los recuerdos de una gran comunidad nuestra, la afromexicana y también retroatraer al autor de El negro de Pedro el grande el propio Pushkin y a todos los que fueron sustraídos contra su voluntad  de África y nacieron  esclavos como Terencio, Esopo o heredaron sus genes como el propio poeta ruso y el gran Alejandro Dumas.

Para demostrar al fin y al cabo que no existe la absurda separación de razas, sino que genios o personas comunes, todos somos simplemente seres humanos.

 El texto original de este artículo fue publicado por la Agencia Quadratín en la siguiente dirección: https://oaxaca.quadratin.com.mx/los-afromexicanos-pequeno-pushkin/ 

30 de enero de 2018

Sangría étnica. A propósito del asesinato de líderes afrocolombianos

“Hasta cuándo la defensa de toda forma organizativa del pueblo negro tiene que costarnos la vida”, dice el tuit que el Proceso de Comunidades Negras publicó el 27 de enero de 2018, tan pronto conoció que uno de sus miembros más destacados —Temístocles Machado— había sido asesinado en Buenaventura. 

Jaime Arocha. El Espectador

Ese líder sobresalió como activista de derechos humanos y dentro del paro cívico de Buenaventura que tuvo lugar entre el 15 de mayo y el 6 de junio de 2017. Sin embargo, para el secretario de Gobierno del puerto el crimen no había tenido que ver “con su actividad social…”, reiterando así aquel libreto oficial sobre la asistematicidad de esos delitos. 

WOLA —la Oficina de Washington sobre Latinoamérica— destroza ese guion mediante el inventario de las 22 infracciones contra los derechos humanos ocurridas en este país entre el 26 de diciembre de 2017 y el 22 de enero de 2018**. De ellas, 11 involucran líderes étnicos, indígenas o negros, nueve de quienes tienen o tenían que ver con conflictos territoriales —desplazamiento forzado y restitución de tierras—. La vulnerabilidad de estos dirigentes en lugares del bajo Atrato, como Jiguamindó y Belén de Bajirá, fue objeto de especial énfasis debido a la carta que el Bloque de Congresistas Negros le mandó al presidente, Juan Manuel Santos, el pasado 20 de diciembre exigiendo la protección de 20 de ellos, seriamente amenazados. Además urgieron al Ejecutivo para que incluyera la perspectiva étnica dentro de los esquemas de protección de figuras públicas y que tomara en serio la petición de Capítulo Étnico sobre la seguridad de las guardias indígenas y cimarronas.

A estas situaciones las enmarca un cambio que Ivonne Rodríguez González describe en Verdad Abierta: “Justo cuando la Unidad de Restitución de Tierras Territorial Chocó logró la séptima sentencia de restitución étnica del país y radicó dos demandas más en favor del Resguardo Bochoroma-Bochoromacito y del Consejo Comunitario Asocasan, en Bogotá se decidió que esa territorial no va más. El pasado 18 de diciembre el director de la entidad, Ricardo Sabogal, firmó dos resoluciones mediante las cuales la suprimió y ordenó el traslado de sus 12 funcionarios a otras territoriales del país”. Justificada para fortalecer la institución, la determinación contradijo el concepto contrario que había emitido el procurador general de la Nación. De ahí que para Rodríguez hasta líderes de la Iglesia católica hablan “de una doble moral del Gobierno Nacional”.


A la sangría de líderes étnicos y a su correspondiente etnofagia las cimienta aquella supremacía racial blanca que defendió Laureano Gómez a partir de una supuesta inferioridad de indios y negros. En vísperas del triunfo del No, ese pensamiento tuvo exaltaciones como las del Movimiento de Restauración Nacional tan cercano al hoy candidato presidencial Alejandro Ordóñez, a su vez, aliado de José Félix Lafaurie en contra del proceso restitutivo. La eliminación de líderes indígenas y negros podría ser cuota inicial del No para, de verdad, hacer trizas no sólo los acuerdos, sino todas las esperanzas de paz.

*Miembro fundador, Grupo de estudios afrocolombianos, Universidad Nacional.

Publicación original de El Espectador: https://www.elespectador.com/opinion/sangria-etnica-columna-736065