Por: Laura Marcela Hincapié Serna, enviada especial a Tumaco
Y su tío insistía. En la mañana, en la tarde, en la noche. A veces,
le pasaba uno que otro billete de $20.000 para tentarlo. “Hágale mijo,
no sea pendejo”. Y John Edward que no, que él no quería meterse con esa
gente, que lo dejara sano.
El trabajo que debía hacer el pelado de 16 años, según su tío, era
tan sencillo como el de un mensajero: parcharse en una esquina, entregar
paquetes, avisar la llegada de los tombos, cobrar las cuotas a
comerciantes. El sueldo: $300.000 mensuales.
En Tumaco a los menores que cumplen estas funciones se les conoce
como campaneros. La mayoría trabaja para los grupos armados que se
pelean, que se matan por el municipio: las Farc y ‘Los Rastrojos’. El
50% de los miembros de estas bandas, según lo estiman las autoridades,
corresponde a adolescentes que empiezan así, como mensajeros, y luego se
convierten en sicarios, extorsionistas, reclutadores.
John Edward sigue firme. La voz no le tiembla para rechazar a su tío.
Y eso que su hermano aceptó hace un año esa propuesta y su primo
también y su amigo y su cuñado y el hijo del señor de la tienda...
Pero si el muchacho tuvo que dejar el bachillerato porque no tenía
plata para la matrícula; si pensar en una universidad para él es un
sueño tan ingenuo como ser presidente, astronauta, estrella de rock; si
su mamá es conchera (recoge piangua) y no gana más de $20.000 a la
semana; ¿Por qué se niega a aceptar la propuesta de su tío? ¿Por qué no
quiere ganarse $300.000 fijos al mes? ¿Acaso está loco?
En el puerto solo el 1% de los jóvenes va a la universidad, el 40% no
acaba el bachillerato. En la Universidad de Nariño, la única
institución pública en el municipio, las matrículas son inalcanzables
para las familias que viven de la pesca: $600.000 el semestre, el doble
de lo que cuesta en Pasto.
***
Francisco se amarra los guayos y se sube las medias hasta la rodilla;
Steven ya está parado en la portería, un arco hecho con palos de
guadua; Julián escribe en un cuaderno de ositos la lista de los
jugadores de hoy sábado 20 de septiembre; Jeison, Alex, Carlos,
Mauricio, están calentando en la mitad de la cancha.
El uniforme: pantalonetas, camisetas manga sisa, gorras al revés,
aretes en las orejas, las cejas. No parecen futbolistas, lucen como un
grupo de cantantes de rap que cayó en ese lugar por accidente.
La escena ocurre en la sede del Centro Afro del barrio Nuevo Milenio
de Tumaco, uno de los más violentos del municipio, donde en cada esquina
los habitantes han visto a hombres disparar; agonizar, morir.
La cancha es un rectángulo de arena encerrado por mallas de alambre.
En el lugar hay un afiche de tela que se mueve con el viento de las 5:00
p.m.: “Los pacíficos somos más, te invitamos a construir la paz”.
Alrededor hay 10 jóvenes sentadas en pupitres esperando que empiece el
partido, parece que estuvieran listas para recibir una clase. Quizá sea
así. En ese lugar a los menores se les enseña que el destino, ese que
parece tan predecible en un puerto donde los niños aprenden a hablar en
medio del eco de disparos y el estallido de bombas, puede cambiar de
rumbo, como un partido de fútbol, como un gol en el último minuto.
Este año en Tumaco han sido aprehendidos 40 adolescentes, 28 más que
el año anterior: un aumento del 122%, según la Policía Nariño. Los
delitos: homicidio, extorsión, hurto a personas, porte ilegal de armas
de fuego, tráfico de estupefacientes.
John Edward, el del tío insistente, es el capitán del equipo. Hace un
año está a cargo de los muchachos que se reúnen todas las tardes a
patear el balón. Al Centro asisten en total 50 adolescentes que,
también, ayudan en lo que resulte.
La vida trae contradicciones: en el municipio donde los jóvenes están
acostumbrados a matar por $100.000, transportar droga por $50.000,
vigilar calles por $30.000, extorsionar a la señora de los chontaduros
por $2.000, también hay pelados que trabajan gratis: limpian las calles,
llevan mercados a los necesitados, construyen casas para los ancianos.
***
Curioso que un hombre llegue del otro lado del mundo para enfrentar
una guerra ajena. Difícil de creer que el destino regale la fortuna de
nacer lejos de la miseria, de la violencia, y, aún así, te empeñes en
buscarlas.
El sacerdote José Luis Fonsilla ahora está sentado en una silla Rimax, descarga sus brazos huesudos en una mesa redonda de madera. La
casa donde vive es pequeña, oscura, con paredes de ladrillos mal
pintados de amarillo, rojo, verde, rosado.
En una de las paredes hay dos mapas pegados con cinta, uno es de
Nariño, el otro de Colombia. Seguro están desde hace cinco años, cuando
recién llegó de España a un país del que solo había escuchado su nombre.
Al fondo del lugar hay una cocina improvisada con un mesón de madera
donde están tirados vasos de aluminio, vasijas plásticas, envases de
gaseosa. Todo en desorden, como si un temblor acabara de ocurrir.
El hombre alto, pelo negro, se quita los lentes, se frota los ojos,
empieza el relato. Cuenta que siempre quiso vivir así, sin lujos. Por
eso hace quince años salió de Madrid huyendo de la vida cómoda que
tenía. Lo hizo justo después de terminar su carrera de Química. Nunca le
interesó ejercerla, él solo quería viajar por el mundo, ayudar a las
comunidades pobres. Así como hay jóvenes que rompen la tradición
violenta de un pueblo, también hay hombres capaces de dejarlo todo por
extraños.
Viajó a Portugal, Ecuador, Perú, hasta llegar al barrio Nuevo Milenio
de Tumaco, por orden de los Misioneros Combonianos. Entonces, el hombre
que no quería ser químico hizo el experimento de su vida: se le ocurrió
crear un sitio donde niños y adolescentes pudieran ir a leer, trabajar
en proyectos con la comunidad, formarse como líderes. Así, con el apoyo
de la Iglesia, nació hace dos años el Centro Afro.
El padre recuerda que lo primero que hizo fue hallar un sitio para la
cancha de fútbol: el deporte suele ser un alivio en medio de las balas.
También creó una biblioteca que, luego de 24 meses, parece nueva: solo
tiene 200 libros.
El Centro tiene seis computadores y dos máquinas para estampar
camisetas que los jóvenes venden. José sonríe cuando recuerda lo que ha
logrado en el puerto. Cuenta el caso de una muchacha de 15 años que un
día llegó a su casa gritando ¡Me quiero suicidar! La jovencita había
terminado el bachillerato y quería ir a la universidad, pero no tenía
dinero. Su madre ya le había advertido que debía trabajar como
empleada. El sacerdote le prometió ayuda, la niña confió en él: a los
dos meses ya tenía una beca en el Sena.
En Tumaco cinco de cada diez niñas trabajan en el servicio doméstico
porque no tienen acceso al estudio. Muchas, por eso, terminan
vinculadas con los grupos armados, la mayoría como informantes. Otras se
enamoran, quedan embarazadas de guerrilleros, luego viudas.
***
Ese sábado el partido terminó a las 7:00 p.m. La noche apenas estaría
comenzando para muchos jóvenes de Tumaco que salen en sus motos a
recorrer los bares de la playa El Morro, a buscar problemas en los
barrios, a veces, a hacer disparos al aire para infundir miedo, para que
los respeten, porque -dicen las autoridades- los muchachitos armados se
sienten dueños del pueblo.
Para los pelados del Centro Afro la jornada terminó. El padre José
les recuerda que al día siguiente tienen una reunión para organizar las
próximas actividades. ¿Y ahora no salen por ahí, a dar una vuelta?
Angie: 16 años, pelo negro, ojos grandes; se apresura a responder: “Aquí
es mejor no dar lora”. Ella todos los días se encierra en su casa a las
8:00 p.m.
Sus compañeros asienten con la cabeza, dándole la razón. Francisco
aclara que salir es un riesgo. ¿Acaso los pelados que le dicen no a la
violencia también tienen que esconderse? Los chicos del Centro Afro
explican que ser diferente resulta ser una especie de pecado. John
Edward recuerda a su tío, acechándolo. Es que -dice- todos tienen un
amigo, un familiar que está en los grupos armados y que siempre está
allí, haciendo ofertas, presionando. Entonces, cuando se cansan, los
amenazan, los obligan a irse. “Nos cogen bronca porque dicen que somos
anormales”.
En los últimos cinco años más de 20 adolescentes han tenido que
abandonar el barrio Nuevo Milenio debido a las amenazas de los grupos
armados. Ninguno de ellos quiso vincularse con las armas; les cobraron
su rebeldía.
Otras veces, los policías se convierten en enemigos. Como los ven así
-dice Steven- con gorras, aretes, entonces los tildan, también, de
delincuentes. El padre González cuenta que en varias ocasiones ha tenido
que salir a defender a sus muchachos; ya ha jurado por varios santos
que ellos son tranquilos que -así ni las autoridades lo crean- en Tumaco
hay un grupo de jóvenes que no ha caído en las armas. ¿Por qué estos 50
adolescentes insisten en ser pacíficos, así los persigan, los insulten,
no les crean?
Tania cuenta que, con solo 15 años, ya ha visto morir a cinco amigos
que se vincularon a los grupos armados. La última fue Diana. Hace un mes
a la muchacha le pegaron dos tiros. En el barrio dicen que fue un tipo
de ‘Los Rastrojos’ que le cobró ser la novia de uno de sus enemigos: un
guerrillero de las Farc. Carlos, Mauricio, Francisco, Marcela, Andrea,
Yeison; cuentan una historia similar.
En el 2011 catorce menores de edad fueron asesinados en Tumaco. Este
año, de acuerdo con la Policía, terminará con una cifra aún mayor: a la
fecha ya van 16.
Entonces, el recuerdo de los cuerpos cayendo al piso es suficiente
para ellos, al menos, para esos 50 jóvenes que hoy contradicen un
destino violento. Ya son las ocho de la noche y Angie tiene que entrarse
a la casa. El resto también.
Fuente: http://www.elpais.com.co/elpais/judicial/noticias/
Ver también:
http://www.semana.com/nacion/maldicion-tumaco/183318-3.aspx
http://www.eltiempo.com/justicia/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12166213.html
http://www.elespectador.com/noticias/nacional/articulo-370124-se-restablece-servicio-de-energia-tumaco
http://www.elpais.com.co/elpais/economia/noticias/cultivadores-palma-tumaco-piden-apoyo-nacion
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