9 de octubre de 2017

El despertar afroperuano a través de la memoria

Una mujer afrodescendiente con un niño en brazos y un tambor al lado simbolizan la libertad de los esclavos en Perú. Este monumento se erige en Zaña, antaño ciudad colonial del norte y complejo de esclavitud, y ciudad que hoy rinde homenaje a la memoria con un Museo Afroperuano.


Por Carmen Grau
9 de octubre de 2017
EQUAL TIMES

Por todo ello, y por primera vez en la costa del Pacífico, la UNESCO lo declaró el pasado mes de septiembre “Sitio de la memoria de la esclavitud y de la herencia cultural africana”. No es sin embargo el único lugar donde la memoria y la identidad se abren paso en el país.
A través de diversos testimonios del arte, la política y los derechos humanos, recorremos el despertar de una comunidad marcada por la discriminación.

Susana Baca es vital en definiciones. Es artista y símbolo de los derechos de los pueblos vulnerables. Peruana de ascendencia africana y cantante de éxito internacional galardonada con premios Grammy, investigadora de las raíces afroperuanas en la música; sonríe y le brillan los ojos al hablar del Centro Cultural de la Memoria, su casa y proyecto junto al Océano Pacífico, a 150 kilómetros al sur de Lima, en la provincia de Cañete.

Junto a su marido, el sociólogo Ricardo Pereira, también construye la escuela musical inclusiva Negrocontinuo, donde niños y jóvenes podrán formarse con los sonidos peruanos. “En la música peruana contemporánea lo continuo es lo negro que subyace, de ahí el nombre. La música es el pretexto para afirmar identidades”, explica Pereira.

Una sala de madera y techos altos acogerá al visitante al centro cultural, donde la memoria forma parte del proyecto, sin olvidar el origen e historia de las identidades contemporáneas que hoy conforman Perú: “No solo exhibiremos rostros de afroperuanos, también de otras comunidades como los indígenas, andinos, chinos o japoneses”.

La cálida imagen de Susana y su condición de afrodescendiente de renombre la acercaron a las causas más diversas durante su mandato como ministra de Cultura en 2011, en el Gobierno de Ollanta Humala. Finalmente, el arte prevaleció sobre la política, pero dio forma a una oficina pública que atiende las necesidades de los afroperuanos, cuando no existía en el país organismo igual y desde donde hoy se visibiliza a esta comunidad.

“Nosotros, que fuimos esclavizados, le devolvemos al mundo arte”, afirma a propósito de la grabación de su próximo disco Conjuros, en Nigeria. Con su música ha viajado de Perú a África, una diáspora al origen para fusionar los dos mundos. Y no es el primer viaje que realiza en búsqueda de la identidad negra. En el libro El amargo camino de la caña dulce, en 2013, y por segunda vez, peregrinó por su país en busca de lo afroperuano, recorriendo las poblaciones afrodescendientes más representativas.

“Reconocer que somos un país racista”, como parte de la cura
La historia de los afrodescendientes en el Perú comienza con la llegada de población africana esclava a las haciendas de caña de azúcar. Desarraigo y migración forzosa –decidido por las potencias imperialistas del siglo XVI y posteriores–, y discriminación, exclusión y vulneración de derechos a lo largo de los siglos. El proceso de liberación en Perú no desencadenó una revolución. A pesar de que la Independencia llega en 1821, no es hasta 1854 cuando se decreta la abolición de la esclavitud y aún con la República, no se igualó en derechos a los afrodescendientes ni a los indígenas.

La desigualdad pervive actualmente. Así lo corroboran datos oficiales del Estudio Especializado sobre Población Afroperuana (EEPA), que afirma que el hacinamiento y las condiciones de vivienda, educación y salud de esta población son más desfavorables que las del resto de peruanos, sobre todo en áreas rurales.

Aunque tarde comparado con otros países de la región como Brasil y Colombia, hoy Perú se encuentra inmerso en un proceso de reconocimiento y visibilidad de la comunidad afroperuana. No existe una cifra oficial del tamaño de esta, ni información precisa sobre su situación socioeconómica y se afirma que están en invisibilidad sistémica. Lo confirma el estudio de Panorama Social de América Latina (2016) de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que estima que en Perú aproximadamente un 5% de la población (entre 110.000 y 600.000 personas) es afrodescendiente.

Owan Lay comenzó hace veinte años la lucha por los derechos humanos. Activista por herencia de sus padres, ha dirigido organizaciones para jóvenes afrodescendientes, pero es su papel desde 2012 en la gestión pública de políticas para su comunidad lo que le ha permitido experimentar los avances: “La necesidad de cambio pasaba por entrar al Estado”.

Ha trabajado en el Plan Nacional de Política de Afrodescendientes, la primera hoja de ruta discutida en siete regiones del país con organizaciones, funcionarios y otros actores, que se convierte en la herramienta política de esta comunidad para seguir luchando por los derechos: “350 años de invisibilidad esclava y 150 años de invisibilidad republicana, marginación y exclusión no pueden resolverse en pocos años”.

“No es todo, pero es todo lo que tenemos históricamente para reivindicar derechos; no ha sido fácil su aprobación porque los funcionarios del Estado no entienden la diversidad cultural”, afirma Susana Matute, directora de Políticas para la Población Afroperuana en el Ministerio de Cultura y cara visible de estas políticas. El plan contempla un nuevo censo que incluirá la identificación étnica y que Matute presenta como un hito: “Es el primer ejercicio que hacemos para identificarnos en 70 años, es un ejercicio de derecho a la visibilidad, de movilización social y ciudadanía”.

Perú ha ido reconociendo la interculturalidad gracias a un contexto internacional favorable, marcado ahora por el Decenio Internacional para los Afrodescendientes, promovido por Naciones Unidas (2015-2024), y, anteriormente, por la Declaración de Santiago (2000) y la Conferencia Mundial contra el Racismo de Durban (2001). A partir del año 2000, lo que antes era negro comienza a denominarse afroperuano o afrodescendiente.

Así lo siente el político y exalcalde Antonio Quispe, quien reconoce que es afroperuano desde esa fecha puesto que antes no existía esta lucha. Natural de San Luis de Cañete, una población humilde de 15.000 habitantes, desciende por línea paterna de un campesino, dirigente sindicalista y obrero: “Me mandaron a la universidad a costa del esfuerzo familiar, para ejercer liderazgo, soy una suerte de esperanza”.

Como estudiante en los 70, vivió tiempos de lucha por los derechos sindicalistas de obreros y mineros: “pero nunca conocí la lucha afro, porque no existía como ente movilizador. En mi tierra tampoco, aunque toda mi vecindad eran negros”, dice. A día de hoy, piensa que las nuevas políticas son un camino, pero no cree que se traduzcan en mejora de las condiciones paupérrimas de su comunidad: “Sin presupuesto del Estado nada va a cambiar. La escuela rural o suburbana es lo primero que hay que mejorar. El perdón histórico del gobierno de Alan García en 2008 reconoció la deuda interna al pueblo esclavizado. El punto de partida debería ser que se convierta en reconocimiento explícito, numérico”.

Otra voz que cree que las políticas hacia los afroperuanos necesitan ser miradas por todo el Estado, en todos sus niveles, para que se reduzca la brecha de la desigualdad, es la de Rocío Muñoz. Periodista y afrofeminista, sus luchas van acompañadas de la mirada de género. Tiene como referente a la artista Victoria Santacruz, quien en la década de los 70 y con el poema autobiográfico Me gritaron negra puso sobre la mesa la discriminación a las mujeres: “Aunque es otro escenario, su poema sigue vigente”. Preocupada por la discriminación que afecta a las mujeres, investiga los estereotipos y las representaciones que existen de las mujeres afroperuanas.

El color de la piel es todavía uno de los elementos más poderosos de exclusión y su testimonio confirma los datos del EEPA, que reflejan una mayor discriminación en zonas urbanas como Lima, donde se sigue marginando a esta población en el transporte: “En los espacios públicos las mujeres son más insultadas que los hombres. Somos más vulnerables y sobredimensionan nuestra sexualidad. En Perú, el racismo simbólico como la burla se ha naturalizado y, cuando las mujeres levantamos la voz, no nos permiten pedir un trato igualitario y justo”.

Es necesario “reconocer que somos un país racista”, asegura Muñoz, “y así luchar frontalmente contra la discriminación y el racismo, educando y construyendo ciudadanías interculturales que sepan que existe un conjunto de saberes e identidades en el país de todas las sangres”, concluye.

Artículo tomado:  de:https://www.equaltimes.org/el-despertar-afroperuano-a-traves#.WduDBiPhARw


3 de octubre de 2017

Movimiento afroboliviano demanda el reconocimiento de sus territorios y su autonomía


 LA PAZ (Sputnik) — El pueblo afrodescendiente demanda que el Estado boliviano reconozca las comunidades y exhaciendas que habitan desde tiempos de la colonia como sus territorios para así proyectar su autonomía, dijo a Sputnik el integrante del movimiento afroboliviano, Juan Carlos Ballivián.



"Hay muchas comunidades que son propias, donde los afrodescendientes se han asentado históricamente y tienen que ser reconocidas como territorios afrobolivianos y a partir de ello se podrá ejercer la autonomía afroboliviana", declaró el representante.

Ballivián, que también es el segundo hombre de la Defensoría del Pueblo de Bolivia, hizo esa declaración al referirse a los actos de cierre del mes afrodescendiente que se cumplió en septiembre.

Bolivia impulsa derechos de pueblos indígenas en reunión de cancilleres de la CAN
En ese marco, explicó que uno de los objetivos del movimiento afroboliviano es lograr la integración de las más de treinta comunidades negras que se hallan dispersas a lo largo y ancho de las provincias Nor y Sud Yungas, Inquisivi y Caranavi en el departamento de La Paz.

Con algo más de 23.000 miembros dispersos por todo el país, la comunidad afroboliviana reivindica su derecho no solo a desarrollar su cultura sino también contar con sus propios territorios y en futuro lograr su autonomía en el marco de la Constitución Política del Estado.

"Gran parte de la tarea del decenio (2015-2025) refrendada por la Ley 848 está apuntando a que se reconozca la continuidad territorial del pueblo afrobo (afroboliviano), la ley 848 aprobada por el Gobierno de Evo Morales en octubre de 2016 promueve el reconocimiento de los derechos económicos, sociales, culturales civiles y políticos del pueblo afrodescendiente en Bolivia", remarcó Ballivián.

La norma plantea que las instituciones del Estado incorporen programas de respeto a la diversidad cultural y de eliminación de toda forma de discriminación, agregó el activista.

Lea más: CIDH insta a Estados a garantizar derechos de mujeres afrodescendientes

Asimismo, el movimiento está empeñado en la recuperación de su lengua, sus ceremonias, gastronomía y danzas propias que son parte de la plurinacionalidad boliviana.

 Tomado de: https://mundo.sputniknews.com/americalatina/201709301072764931-bolivia-comunidad-derechos/ 

29 de septiembre de 2017

¿Por qué la Justicia Especial para la Paz-JEP es importante para el pueblo afrocolombiano?

“La Jurisdicción Especial para la PAZ – JEP se presenta como una oportunidad para los afrocolombianos para el esclarecimiento de la verdad, obtener medidas de no repetición y reparación en el marco del conflicto armado”. 


La corte constitucional colombiana en el 2009 reconoce a través de su auto 005 de seguimiento a la sentencia T-025 que el pueblo afrocolombiano ha sufrido impactos desproporcionados del desplazamiento forzado y la resistencia frente a sus derechos colectivos. No cabe duda que el pueblo afrocolombiano fue y ha sido una de las poblaciones que más ha sido afectada por el conflicto armado, a tal punto que, junto a otros factores, de reconfigurar a este pueblo que hace diez años era eminentemente rural a principalmente urbano en la actualidad. La desterritorialización y el desplazamiento ha puesto en peligro la existencia cultural de este pueblo.

Por otro lado, los impactos del conflicto armado han sido proporcionales a la impunidad que ha tenido que soportar el pueblo negro, lo que ha degradado en nuevas formas de revictimización al no poder saber la verdad y al no tener garantías de no repetición. Es entonces que la Jurisdicción Especial para la PAZ – JEP se presenta como una oportunidad para que los afrocolombianos puedan tener algún esclarecimiento de la verdad, obtener medidas de no repetición y reparación. Es decir que puedan acceder a la justicia que en el medio del conflicto no tuvimos. Será una oportunidad para saber quiénes y bajo que motivos movilizaron las afectaciones de nuestras comunidades.

Una de las principales secuelas de la esclavización es la invisibilización y la baja representación de este pueblo en los espacios de toma de decisión, por ejemplo, cabe señalar la baja presencia de afrocolombianos en las altas cortes (Corte suprema de justicia, Consejo de Estado y Corte Constitucional), lo cual no es el resultado del azar, sino consecuencia del racismo. En este sentido, incluir a los afrocolombianos en la estructura de la JEP no solo es un reconocimiento a este pueblo como uno de los grupos poblacionales más impactados por el conflicto, sino también como una medida de reparación histórica a un pueblo que todavía vive las consecuencias de la esclavización.

¿Por qué es importante que haya afrocolombianos en la en la estructura de la JEP?

Uno de los elementos que limitan el acceso de los afrocolombianos a la justicia es la desconfianza hacia la institucionalidad responsable de impartirla, bebido a que muchas veces esta se articuló con los victimarios en los territorios. Los tiempos de guerra para los afrocolombianos también significaron un importante sacrificio a la verdad, la justicia y la reparación.

En este sentido, la presencia de afrocolombianos como magistrados puede servir de puente de confianza entre los afrocolombianos víctimas y el acceso a la verdad y la justicia. Sin embargo, estos magistrados deben ir más allá del color de piel y deben conocer las situaciones y dinámicas vividas por los afrocolombianos en medio del conflicto y deben contribuir a la sensibilización de estas situaciones hacia los diferentes actores involucrados en la estructura de la JEP. Esto sin duda contribuye a la justicia sustentada en la verdad y el reconocimiento del pueblo afrocolombiano.

La presencia de afrocolombianos y afrocolombianas como magistrados puede significar una garantía para las víctimas afrocolombianas, ya que se pueden generar sentimientos de seguridad al creer que con esto se puede evitar que haya alguna inclinación hacia alguno de los bandos victimarios de las comunidades afrocolombianas.

Para el pueblo afrocolombiano y para sus organizaciones la implementación de los acuerdos de paz en general y en particular la JEP implica un reto organizativo que motiva a replantearse la incidencia política y la forma de cómo nos hemos venido relacionando con lo público. Esto nos llama a ser más creativos y propósitos. En este sentido, la convergencia es fundamental, ya que construir desde la diferencia que caracteriza al pueblo afrocolombiano puede contribuir a que se acceda de forma más eficiente a los ejercicios de verdad, justicia y reparación.

Por último, es importante no confundir las reparaciones históricas que el pueblo afrocolombiano ha venido exigiendo al Estado relacionadas a las consecuencias de la esclavitud y las reparaciones suscitadas por los daños del conflicto armado. Sin embargo, este último ha profundizado las consecuencias de la primera y generado otras afectaciones como el desplazamiento y la desterritorialización. La titulación colectiva, la exigencia de mayor representación en los escenarios de poder, la lucha contra el racismo deben estar siempre presente en nuestras exigencias al Estado colombiano, junto a la búsqueda de la verdad, la reparación y las garantías de no repetición como medidas que nos llevarán a encontrar una paz estable y duradera.


Oficina Prensa y Comunicaciones CNOA

 Nota tomada de: http://convergenciacnoa.org/la-jep-importante-pueblo-afrocolombiano/  

25 de septiembre de 2017

San Pedro Claver y los Derechos Humanos

El 18 de noviembre de 1985 el Congreso de Colombia presentó solemnemente en una ley a Pedro Claver como el precursor del alivio y defensa de oprimidos en América, y a la ciudad de Cartagena de Indias, donde ejerció su apostolado, como sede de los derechos humanos en Colombia.


Por: Tulio Aristizábal S.J.

Curioso que ese extraño jesuita, quien durante la primera mitad del siglo XVII gastó su vida protegiendo a los esclavos africanos de las tropelías y desmanes de tantos españoles, merezca ser exaltado en forma tal en este siglo XX. Nosotros ahora, cuando vivimos obsesionados por lo científico, por lo presentado en limpias estadísticas, ansiosos de profundizar en complejas teorías; que rechazarnos como caduco lo que se ha dado en llamar "paternalismo", desearíamos un paradigma más conforme con nuestro gusto.

Porque este empecinamiento en lo teórico nos lleva a llenar páginas y páginas de los más profundos tratados sobre las injusticias y desequilibrios en los que naufraga nuestra sociedad. Esperaríamos, por tanto, que Claver hablara. Si es el modelo de defensores, que nos muestre lo que piensa; que se reediten hoy, en impecables publicaciones, sus tratados sobre la libertad y dignidad del hombre.

Lejos de ello, nos encontrarnos ante la realidad de un hombre que no dejó escritos. Sólo dos o tres cartas a sus familiares y a sus compañeros de apostolado. Y no que entonces fuera imposible acudir a la imprenta para exponer y defender las propias ideas. Ahí están, como ejemplos bien patentes, Las Casas y Sandoval.

El fraile dominicano Bartolomé de Las Casas cruzó 14 veces el Atlántico, durante dos años siguió a la Corte de Carlos V en busca de audiencia del soberano. Todo ello para clamar contra las injusticias que aniquilaban las razas indígenas de América. Y dejó, a más de otros escritos, un tratado breve pero cruel, al que dio por título "Brevísima relación de la destrucción de las Indias". Algunos lo tachan de exagerado, mentiroso y poco objetivo. Pero ahí está, como testimonio de una ignominia ante la que no podernos cerrar los ojos.

El otro fue un jesuita, Alonso de Sandoval, bien cercano a Claver puesto que podemos decir que fue su mentor y compañero en la brega. También él dejó un juicioso tratado sobre el tema, referente éste a los esclavos africanos. Le dio un título extraño, complicado para nosotros pero muy del gusto de la época, lo llamó: "De instauranda aethiopum salute: El mundo de la esclavitud negra en América". El libro de Sandoval no es de fácil lectura; denso y muchas veces monótono. Pero pone el dedo en la llaga, se rebela contra la injusticia de la esclavitud, a la que nada ni nadie puede justificar.
Uno de estos dos personajes bien podría haber servido de modelo para la defensa de los derechos humanos. En cambio Claver no viajó ni escribió. Fuera de su salto de Sevilla a Cartagena, y dos o tres viajes Magdalena arriba hasta Santafé de Bogotá, Claver se la pasó en la ciudad amurallada y en su provincia de la llanura atlántica. Nada dejó escrito. Ni un profundo tratado catequético como el de Sandoval; ni el alegato, descarado si se quiere, de los escritos de Las Casas. Claver siguió el ejemplo de su modelo, Jesucristo, quien "comenzó a obrar y a enseñar". No escribió, sino hizo. ¡Y cuántas cosas hizo!

Era Claver la primera sonrisa que veían en mucho tiempo aquellos pobres africanos desarraigados salvajemente de sus tierras, el primer contacto con una mano amiga. Más con los ademanes que con las palabras los reconciliaba con la vida. Entonces sabían que al menos no venían a servir de alimento a los hombres blancos ni a proporcionar el aceite de sus cuerpos para calafatear los navíos. Por fin alguien les hacia sentirse de nuevo personas, seres humanos a quienes se ama, se compadece y se comprende. Narra su biógrafo que por medio de los intérpretes les decía "que él venía a serles amparo y padre, como  lo experimentarían en su amor. Era tan tierno el que les mostraba en el semblante, que mirándolos y mirado de ellos, los decía más a los ojos, que las palabras de los intérpretes al oído. Entendíanle, aunque bozales, aquella habla muda del mirar, más elocuente que toda la retórica para dar a conocer los afectos del alma; y con una oculta simpatía, se les iba el amor al venerable padre".

Venía después el recoger a los moribundos en su propia capa, curarles las llagas, darles alimento, recibir en su rostro las lágrimas y el dolor de tantas almas, hasta volverlos a la vida. Una vida que continuaba esclava en el cuerpo, pero libre en el espíritu gracias a la fe que sembró por el bautismo y quedó enraizada en un pueblo creyente como es éste nuestro, a pesar de los horrores que vivimos.

Y recorrer las calles de Cartagena. Aquí un negro se arrodilla y le besa la mano; el santo lo deja hacer, le suelta algunas palabras en su dialecto que iluminan con amplia sonrisa la cara del esclavo. Más allá, en la casa del capitán Villalobos, se agolpa la gente porque ha muerto Agustina, la esclava angolesa. Claver llega, ora, llama a la mujer "¡Agustina! ¡Agustina", y ésta vuelve en al para recibir el bautismo y morir en paz. En aquella otra morada hay un pobre apestado. Nadie se le acerca; el olor es insoportable; aun el sacrificado hermano González, su compañero de siempre, tiene que abandonar la habitación. Pedro sonríe, se acerca al enfermo, llega hasta acariciarlo para que no se sienta avergonzado. Lo limpia, lo enjuga con un paño impregnado en vino, le sugiere oraciones. Y sale a tocar otras puertas. Más enfermos, más lágrimas qué enjugar. Un día lo encontró el sargento Jerónimo Jiménez en la puerta de la Medía Luna. "¿A dónde va el padre?" le pregunta. "A Carnestolendas" le contesta Claver, es decir, al carnaval. Y el carnaval para él era San Lázaro, el hospital de los leprosos, donde pasaba las horas consolando y llevando una luz de esperanza.

Desnudó ante los blancos las injusticias que cometían con los esclavos, y los obligó a tratarlos como hermanos. Unos años antes de Claver vivió en la misma Cartagena otro hombre, también enloquecido por la defensa del esclavo ante el injusto. Se llamaba Luis Beltrán, y cuentan, entre leyenda y realidad, que un  día, sentado a la mesa con algunos nobles españoles de los que maltrataban sin misericordia a los indios sometidos, el frailecito dominicano tomó en sus manos un pan, y exprimiéndolo a la viste de todos, hizo salir gotas de sangre de él. "Esta sangre, les dijo, es el sudor de los pobres indios; piensen de dónde sacan ustedes el alimento". Fue lo mismo que hizo Claver con su ejemplo: plantarse frente a ellos, frente a nosotros, y contamos qué hizo por los esclavos, para preguntamos qué estamos haciendo nosotros ante las injusticias de este tiempo.

Sí, Claver no escribió. No dejó tratados polémicos de protesta contra la esclavitud. Nos enseñó lo que es necesario hacer ante la miseria humana. Lección difícil de comprender y que muy pocas veces nos atrevemos a seguir. Mejor y más cómodo es enviar al periódico, desde nuestro escritorio, artículo muy bien hilvanados para desnudar ante el mundo las injusticias de esta sociedad.


Ojalá con todo el papel en que se han escrito tantas cosas bellas a favor de los derechos humanos en Colombia, con todas las revistas y periódicos, con todos los libros y afiches publicitarios adornados con la palomita de la paz, hiciéramos una inmensa hoguera y en ella consumiéramos de una vez para siempre el odio y la injusticia que están acabando con esta patria nuestra a la que tanto queremos. Estas, tal vez, podrían ser palabras de Pedro Claver, el defensor de los derechos humanos.

Publicado originalmente en El Tiempo, el 12 de septiembre de 1999.

18 de septiembre de 2017

La problemática indígena y afro en el acceso a la tierra en Colombia

Mitos y realidades de los derechos territoriales de las comunidades étnicas en Colombia

Comunidad indígena.

Sandra NaranjoJuan SandovalCarlos SuescúnFrancis VargasSegún algunos dirigentes, los indígenas y afrodescendientes son los mayores terratenientes de Colombia. Pero el estudio cuidadoso de las cifras desmiente esta falacia que en efecto promueven los verdaderos acaparadores de tierras.

Sandra Naranjo* - Juan Pablo Sandoval** - Carlos Suescún*** - Francis Vargas****

Los latifundistas indignados

No es la primera vez que personas estrechamente ligadas a la renta de la tierra en Colombia afirman que las comunidades indígenas y afrodescendientes son grandes terratenientes.
Hace pocos días, el senador Álvaro Uribe y su copartidaria, María Fernanda Cabal, esposa del presidente de la Federación Nacional de Ganaderos (FEDEGAN, reiteraron en espacios públicos esta falsedad, quizá con la intención de enredar el debate sobre la tierra en Colombia.
La afirmación de Uribe y Cabal no solo es demagógica, sino bastante dañina. Pretende ocultar la realidad que viven los pueblos y comunidades indígenas y afrocolombianas, caracterizada por el genocidio y la expoliación que vienen desde la Conquista y se han prolongado a lo largo de la historia. En la actualidad, estos pueblos y comunidades son las principales víctimas del conflicto sociopolítico y armado que persiste en el país, uno de cuyos resultados más concretos ha sido la naturalización del autoritarismo.

Algunos datos

Población Afrocolombiana.
Población Afrocolombiana.
Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá
Según cifras del Instituto Geográfico Agustín Codazzi consolidadas en el 2009, el área cubierta por los resguardos indígenas legalmente constituidos ascendía a 31.542.257,1795 hectáreas; por su parte, el área en territorios colectivos de comunidades negras era de unas 4.990.349,0862 hectáreas. En total, estos dos espacios territoriales representan cerca de la tercera parte del total del espacio continental de Colombia.
Cuadro 1. Área de los territorios colectivos étnicos.
Descripción
Área
Resguardos indígenas
31.542.257,1795 ha
Comunidades afrodescendientes
4.990.349,0862 ha
Total
36.532.606,2657 ha
Con estas cifras, muchos afirman que las comunidades indígenas y afrodescendientes son los verdaderos terratenientes del país. Sin embargo esta lectura es superficial y demagógica, pues, por una parte, desconoce la precariedad de estos territorios, en cuanto a riqueza del suelo, y la vocación productiva de extensas áreas hoy en manos de pueblos y comunidades étnicas; por otra parte, no tiene en cuenta los procesos de despojo, desplazamiento, confinamiento y pérdida de derechos territoriales que han sufrido estos pueblos y comunidades a causa del conflicto armado y otros factores económicos y políticos, como la minería, el acaparamiento, los macroproyectos y el narcotráfico.

Los “terratenientes indígenas”

Al hacer un simple ejercicio de traslape entre los territorios de comunidades indígenas y las diversas vocaciones del suelo, se tiene que de las 31.500.000 hectáreas en resguardos indígenas legalmente constituidos, apenas un 1,4 por ciento tiene vocación agrícola (454.782 hectáreas) y otro 1 por ciento tiene vocación pecuaria (300.950 hectáreas). Esto demuestra su muy limitada  capacidad para usufructuar el suelo.
Al desconocer la calidad de las tierras con vocación agrícola y pecuaria, se pueden inferir conclusiones muy erróneas. Así, los “terratenientes indígenas” tienen dominio sobre un extenso espacio, pero solo pueden cultivar y tener ganado en poco más de 750.000 hectáreas.
De este simple cruce de información se obtiene que el área restante de los resguardos (más de 30.700.000 de hectáreas) corresponde a bosques y áreas protegidas. La distribución específica es así: 29.400.000 hectáreas tienen vocación forestal y agroforestal, y 1.200.000 hectáreas son áreas de conservación de suelos. Así mismo, según los datos suministrados por el IGAC, 203.050 hectáreas son reportadas como “vacías”.
Cuadro 2. Vocación de los territorios indígenas.
Descripción
Área total
Vocación agrícola
Vocación pecuaria
Bosques y conservación
Resguardos indígenas
31.542.257 ha
454.782 ha
300.950 ha
30.786.525 ha

Ahora bien, hagamos un simple cálculo per cápita. Según Roldán y Sánchez, en diciembre del 2012, en los 768 resguardos indígenas existentes en Colombia vivía un total de 1.071.482 personas. Es decir, que si se considera estable la tierra con vocación agrícola y pecuaria (entre 2009 y 2012), el área per cápita en estos usos, para el caso de las comunidades indígenas, sería de 0,70 hectáreas, que equivaldría a menos de 4 hectáreas por familia (considerada como un grupo compuesto por 5 personas). ¿Cuánta será el área per cápita de la familia Uribe Moreno?

Los “terratenientes negros”

De los cerca de 5.000.000 de hectáreas que comprenden los territorios de comunidades negras (en el 2009), apenas el 7,3  por ciento (363.635 hectáreas) tiene vocación agrícola y el 2,5  por ciento (122.607 hectáreas) tiene vocación pecuaria. El resto del espacio comprendido en estos territorios se distribuye así: 82,2  por ciento corresponde a vocación forestal y agroforestal, y el 8,1 por ciento restante corresponde a áreas de conservación de suelos.
Cuadro 3. Vocación de los territorios colectivos de comunidades negras.
Descripción
Área total
Vocación agrícola
Vocación pecuaria
Bosques y conservación
Títulos colectivos de comunidades negras
4.990.349 ha
363.635 ha
122.607 ha
4.504.107 ha

Entonces, sumando las tierras y el uso o potencial uso agropecuario de las comunidades indígenas y afrodescendientes, se tendría, para el 2009, un total del 1.241.974 de hectáreas productivas.
Es poco probable que esta cifra haya cambiado radicalmente bajo el Gobierno Santos porque cada ampliación de un resguardo indígena corresponde, en gran medida, a áreas protegidas o Parques Nacionales, y no a tierra con vocación agropecuaria.
Aún más - y al revés de lo que ocurre con los verdaderos terratenientes del país, cuyas propiedades crecen rápidamente- tanto los indígenas como los negros están sujetos a los tiempos ineficientes de adjudicación, titulación, saneamiento y ampliación de sus territorios (estas adjudicaciones y demás procedimientos pueden tardar entre 11 meses y 11 años) por unas entidades que no han dejado de fracasar en sus tareas, como Incora e Incoder, hoy Agencia Nacional de Tierras.

“Terratenientes” sin poder ni tierra

María Fernanda Cabal, representante a la Cámara.
María Fernanda Cabal, representante a la Cámara.
Foto: Congreso de la República de Colombia
Hablar de “terratenientes” implica, por lo menos, la existencia de poder y control sobre las tierras.
Sin embargo, si algo ha caracterizado la lucha histórica de las comunidades indígenas y negras, ha sido la exigencia de su derecho a la autonomía. En contravía de esta reivindicación, todo el mundo quiere los territorios colectivos: las empresas mineras legales y las no legales, los empresarios agroindustriales, los grupos armados y hasta el mismo Estado. Esta situación puede ser ilustrada con dos ejemplos.
  • El resguardo Tahamí, en el Alto Andágueda, departamento del Chocó, perteneciente al pueblo Emberá Katío, tiene un total de 50.000 hectáreas, que fueron restituidas mediante la primera sentencia para comunidades indígenas en el 2014. Solo a través de este proceso se hizo público, incluso para las autoridades indígenas, que el Estado había adjudicado títulos mineros a varias empresas sobre el 62 por ciento del territorio. Esta sentencia también reconoció  la violación de derechos humanos que había sufrido la comunidad y que la convertía en víctima del conflicto. Dicho de otra manera, a estos “terratenientes” nadie les respeta sus tierras y, por el contrario, ellas los convierten en blancos de abuso y victimización.
  • El caso  del territorio colectivo de comunidades negras en la cuenca del río Cacarica (el escenario de la famosa “Operación Génesis”)  tuvo que ir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuya sentencia de noviembre del 2013 reconoció los hechos aberrantes a los que fue sometida esta comunidad. Entre otras disposiciones, la sentencia establece la responsabilidad del Estado por la violación al derecho a la propiedad colectiva, en perjuicio de los miembros de la comunidad afrodescendiente desplazada de su territorio y de los miembros del Concejo Comunitario.
También vale la pena destacar que de conformidad con los últimos datos disponibles, el área total que cubrían los títulos mineros en territorios de comunidades indígenas y afrodescendientes era de 667.491 hectáreas, o sea, un espacio casi igual al área con vocación y uso agrícola de las tierras de estas comunidades. A lo cual debemos añadir  que para el año 2014 las comunidades étnicas reclamaban alrededor de 1.200.000 hectáreas por hechos de despojo.

Barbarie, concentración y uso irracional de la tierra

A pesar de todas estas adversidades e injusticias, las comunidades indígenas y afrodescendientes han cumplido de manera muy sofisticada, y en medio de enormes dificultades, con una extraordinaria labor de conservación de la verdadera ventaja comparativa de la cual aún dispone Colombia: la biodiversidad.
Deberíamos no solo luchar contra nuestros prejuicios sino aprender de su saber hacer para diseñar políticas realmente pertinentes en los tiempos que corren. Que nuestra sociedad no sepa aprovechar dicha riqueza y que otros sí lo hagan, no es culpa de estas comunidades ni las convierte en “terratenientes” ni en “latifundistas”.
Por lo demás, en temas de conservación de la biodiversidad no tenemos ninguna lección que darles. De hecho, Uribe y Santos atentan indiscriminadamente contra la biodiversidad con sus proyectos de profundizar el modelo minero-energético y la agricultura de gran plantación vía ZIDRES, PINES, proyectos de autopistas 4G y “reglamentación” (liquidación) de la consulta previa. Eso los convierte en los verdaderos bárbaros del subdesarrollo.
Finalmente, ¿hay o no hay concentración de la propiedad de la tierra en Colombia? Claro que sí, solo que el suelo con potencial productivo (no los bosques ni áreas protegidas) no está en manos de los campesinos, negros o indígenas, sino de grandes terratenientes que justifican esta posesión amparados en una supuesta función social de la propiedad, cuando en verdad se sirven de sus extensas propiedades para criar tres vacas por cada 100 hectáreas.
Y es que las cifras no mienten, como sí lo hacen Álvaro Uribe y el Centro Democrático. Según el Censo Nacional Agropecuario del 2015, el 0,4 por ciento de las unidades de producción agropecuaria posee el 65,1 por ciento del área con vocación o uso agrícola y pecuario. Los microdatos de este censo están disponibles para el público. Con estos se puede calcular el coeficiente de concentración de la propiedad aducida como privada en Colombia (sin contar la propiedad colectiva de indígenas y afrodescendientes), equivalente a un espantoso 0,902.
*Abogada
**Economista. Miembro del Grupo de Socioeconomía, Instituciones y Desarrollo (GSEID) de la Universidad Nacional de Colombia.
***Economista. Miembro del Grupo de Socioeconomía, Instituciones y Desarrollo (GSEID) de la Universidad Nacional de Colombia.
****Socióloga
Tomado de:https:  //razonpublica.com/index.php/regiones-temas-31/10451-mitos-y-realidades-de-los-derechos-territoriales-de-las-comunidades-%C3%A9tnicas-en-colombia.html

12 de septiembre de 2017

Cada vez hay más racismo y se vuelve más refinado: historias de Micro-racismo

Tres mujeres y dos hombres explican a EL PERIÓDICO cómo viven su negritud y cómo perciben el rechazo, sutil y no tanto, en su día a día. 
MARÍA G. SAN NARCISO

Microrracismos, aunque no todo el mundo está de acuerdo con el término, da nombre a aquellas actitudes racistas cotidianas que padecen las personas negras. A continuación, los testimonios de cinco afrodescendientes españoles que los sufren a diario.

LUCÍA MBOMÍO
Periodista. 35 años

“Cada vez hay más racismo y se vuelve más refinado”

En los años 60 y 70, ser blanca, española y casarse con un hombre negro era un hecho insólito. El libro 'Las que se atrevieron' (Editorial Sial |Casa África) recoge seis de esas historias homenajeando a aquellas mujeres que decidieron salir de la norma en una sociedad tan homogénea y conservadora. Como la madre de Lucía Mbomío, su autora, que reafirma con él su identidad en un país que, dice, racializa la nacionalidad.

Hija de ecuatoguineano, cuando la llevaron por primera vez al pueblo de su madre, una persona pidió que le enseñaran a la niña, a ver si era verdad que era mitad negra mitad blanca (literalmente, querían ver si tenía medio cuerpo de cada color). «En los años 50 y 60, siendo todavía Guinea Ecuatorial una colonia española, el perfil de gente que llegaba era muy escaso y bastante concreto. Casi todos venían a estudiar. La gente no tenía un estereotipo elaborado en la cabeza porque prácticamente no había personas negras», explica.

Tampoco los idealizaban. Estar con un hombre negro podía ser entonces un «movidón». Era el primero que conocían. Ni los tenían hipersexualizados, ni se  pensaba que estaban con ellas por los papeles.

«Hace muy poco estaba en una discoteca de salsa y se me presentó un chico. Me hizo la pregunta al cubo». Es decir, le preguntó de dónde era tres veces. Primero, la periodista le respondió que de España, después que de Madrid. Y, con el último «pero, de dónde», le dijo que de Alcorcón. «Hay gente que quiere saber nuestro árbol genealógico para entender por qué no tienes la piel blanca», explica. Resultó que él trabajaba de profesor universitario en Reino Unido. «Y tú, ¿qué’, ¿te dedicas a restauración, no?», le espetó a Lucía. Se sorprendió muchísimo cuando la repuesta fue que no, que ella era periodista.

«Al final, no dejan de ser ladrillos que construyen tu día a día y que son hijos de un sistema que es racista, que entienden que tú no puedes ser de aquí. Hijos de una educación que no te incluye, que no habla de Guinea Ecuatorial, de la historia de España con respecto a temas como la esclavitud, el imperialismo o el colonialismo», analiza.
Por eso, Mbomío lo tiene claro: «Cuando me preguntan si creo que hay menos racismo ahora que antes, pues digo que no, creo que hay más y que además se ha vuelto más refinado».


ARMANDO BUIKA
Actor. 47 años

"Creces soportando la mirada de la gente"
Foto: David Castro
Armando Buika es un actor que está cansado de interpretar siempre al matón, el delincuente de la cárcel, el agente de la CIA. No porque sean papeles deshonestos, sino porque no se siente identificado con ellos. El socio fundador del colectivo de artistas The Black View ha aprendido, junto con otros compañeros, a decir que no a personajes que no le hacen crecer como actor y como persona. O, al menos, a planteárselo. «Porque antes que nada somos actores», afirma.
Como afrodescendiente se ha encontrado con peticiones de actores negros «con acento». «Y, ¿qué acento tienen los negros?», se pregunta. «A mí lo que me choca muchísimo es que somos grandes consumidores de ficción de EEUU. A Will Smith lo aceptamos como actor principal en un peliculón. ¿Por qué aquí no hay negros que sean protagonistas?», replica su mánager, Pilar Pardo, justo después de finalizar una reunión con un representante del sindicato de guionistas Alma. 

Interpretar un personaje que no sea delincuente, inmigrante o prostituta no es fácil. Pardo explica que cuando presenta a Armando para un determinado papel –pongamos que sea de un padre de familia–, que tiene que ser hombre de unos 40 años, alto y con otras tantas características que tiene y que van antes del color de piel, le dicen que no. Que no buscan a alguien negro.

En la reunión hablan de estas experiencias y de microrracismos. En este sentido, Buika prefiere hablar de afrofobia. «Llevamos desde pequeños esa incomodidad constante por no hacer todo lo que te gustaría hacer, que las miradas no dejan de abandonarte. Creces soportando y acostumbrándote a que te mire la gente. Al principio, no sabes que eres diferente, hasta que un día te das cuenta porque alguien te dice que eres negro. Y entonces comienza la lucha contigo mismo, que es lo que hemos pasado todos. Y es una lucha muy dura», afirma el actor.

Con su «mirada negra» llevan esa lucha a lo audiovisual. Quieren visibilizar a los actores, crear referentes multirraciales para los chavales jóvenes y dar la mano a guionistas, productores y directores, para asesorarles a la hora de contar historias. Así seguro que alguno se lo piensa antes de pedir a un actor con acento de negro.


GLORIA MBILLA
Estudiante de Periodismo. 22 años

"No se asume la afrodescendencia"
Foto: David Castro
Las actitudes racistas también se dan en las aulas como sabe Gloria Mbilla, estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y miembro de Kwanzaa. De padre camerunés y madre de Ghana, explica que aunque en casa siempre le han hecho tener presente sus raíces, se ha criado, estudiado y crecido en España: «un país que todavía no asume que la afrodescendencia existe».

Tiene varios ejemplos. «Antes estudiaba Ciencias Políticas. En una asignatura, cuando ya habían pasado meses de curso en los que se apreciaba perfectamente que hablo español como lengua materna, una de las profesoras me preguntó dónde había estudiado, si sabía hablar bien español y si la comprendía. Me sorprendí y le pregunté si era porque soy negra. No entendía qué otro motivo podía existir teniendo en cuenta que soy bastante participativa y que hablo en clase con regularidad», explica.

«En el instituto siempre se me habían dado mal las matemáticas. En otras asignaturas era buena, pero esa se me cruzaba. En una tutoría, mi profesor me comentó que quizá, teniendo en cuenta lo mal que se me daba eso, debería hacer algo más fácil ‘que estuviera dentro de mis posibilidades’. Así me daba a entender que mis posibilidades estaban por debajo de las que tenían el resto de compañeros. Los profesores deben asumir que su papel es empoderar a los estudiantes, no hacerles pensar que por una asignatura ya no puedes alcanzar tus objetivos. Casualmente nunca he oído que mis amigas blancas reciban esos comentarios», asegura.

Mbilla explica que los microrracismos –término que no le gusta porque considera que banaliza un racismo tan continuo y reiterativo que te hace recordar cada día que siempre serás considerada ciudadana de segunda– son muy habituales en su vida. «Es muy común, también para mis compañeras negras, sentir el asco ajeno cuando ocupas el asiento libre del metro y la sorpresa de la gente cuando hablas por teléfono en perfecto castellano», dice. O cuando camina por una calle y otra persona que cree que le va a robar. «Antes era capaz de apartarme para no preocupar, pero he asumido que la calle es tan mía como de los demás, por lo que si quieren vivir pensando que la negra de detrás les va a robar es problema suyo», afirma.


SILVIA ALBERT
Actriz y creadora. 41 años

"Hay actitudes sutiles que nos señalan"
Foto: José Luís Rocca
«Negra, española, vasca, catalana, alicantina, murciana y olé. Y en mis 41 años me han preguntado si soy nigeriana, guineana, camerunesa, congoleña, brasileña, colombiana, dominicana, neoyorkina, francesa, portuguesa... Pero jamás nadie, nunca, me ha preguntado si soy de aquí».

La actriz Silvia Albert, nacida en San Sebastián, con residencia en Barcelona y estudios en Murcia y Alicante, interpreta este fragmento en un solo, una obra de teatro que titula 'No es país para negras'. ¿Y por qué no lo es? «Porque se nos niega la pertenencia, se nos cuestiona nuestra nacionalidad casi a diario. Porque se niega el racismo existente en la población y a las personas que nos quejamos se nos trata de paranoicas, de victimistas, se intenta relativizar el dolor que sentimos, medir y comparar nuestro sufrimiento con una vara de medir manipulada. Porque diariamente hemos de enfrentarnos a actitudes sutiles que nos señalan como diferentes, como criminales en potencia», responde. Habla, por ejemplo, de personas que agarran fuerte el bolso al verlos, dependientes de establecimientos que les tratan mal por creer que no tienen dinero para comprar o de personas que no se sientan a su lado en los transportes públicos.

La idea del montaje surgió cuando se quedó embarazada en el 2012 de su hija Alma. «Comencé a cuestionarme mi negritud en relación a ella. ¿Cuáles habían sido mis referentes? ¿Cuáles serían los suyos? Empecé a mirar la situación de las personas negras en España, a relacionarme y leer sobre activistas que ejercían su activismo desde muchos lugares», afirma.

Llevarla adelante no era fácil, pero gracias a varios apoyos dentro del Projecte Vaca, asociación de mujeres dedicadas a las artes escénicas en Catalunya, tuvo la oportunidad de contar una historia diferente. Su historia. Una obra que remueve conciencias y rompe estereotipos, que muestra un relato con el que las mujeres españolas afrodescendientes pueden sentirse identificadas. Y que es referente para todas esas niñas que no conocen a muchas mujeres negras más allá de su familia. 

En Off Latina de Madrid, donde ahora están actuando los viernes de septiembre, ofrecen funciones especiales para institutos que incluyen un coloquio o un taller sobre microrracismos al terminar.

RUBÉN H. BERMÚDEZ
Fotógrafo y diseñador gráfico. 36 años

"Me preguntan por qué soy negro"
foto: David Castro
«Soy consciente de mi negritud cuando voy al colegio y los otros me lo dicen. Cuando me cantan la canción de los Conguitos y la del Cola Cao. Niños y niñas en corro. Nocilla, Chocokrispis». Esta es una de las entradillas que el madrileño Rubén H. Bermúdez utiliza para introducir su fotolibro Y tú, ¿por qué eres negro?, en el que aborda, a través de imágenes, su negritud y su relación con ella.

La pregunta que da título a la obra es una constante en su vida. La secuencia completa comienza con la cuestión: «¿De dónde eres?», para seguir con la de: «¿Y tus padres?». Ambos son españoles y blancos, así que el interrogatorio sobre su identidad termina con: «Y, ¿por qué eres negro?».

«Me la repiten un montón de veces a lo largo de mi vida, hasta que tengo 30 años y, por primera vez, lo hace una persona negra. De forma inclusiva. Me agita muchísimo», dice. Se trata del activista Abuy Nbufea y hablan de la esclavitud que hubo en el pueblo de su abuelo. «Llego a mi casa y me pongo a investigar más. Encuentro un montón de cosas, mis apellidos relacionados con la trata de personas esclavizadas», explica.

Acababa de impartir un taller sobre fotolibros así que decide abrirse un blog con la intención de crear uno nuevo. El resultado es una obra que resume todo el imaginario que le ha afectado sirviéndose de su archivo personal de fotografías y de imágenes prestadas.
Comienza con las primeras personas negras que ve en televisión de los años 80, como Magic Johnson, o series como 'El príncipe de Bel Air', imposibles de ver en la ficción española. Sigue con el colegio, donde por primera vez le hacen la pregunta («¿por qué eres negro?») o le cantan la canción del Cola Cao. «El libro va creciendo y voy utilizando otros imaginarios relacionados con historias que me han afectado. La primera vez que me para la policía para mí es importante. El impacto más tremendo que tengo en mi juventud es cuando una banda de nazis mata a Lucrecia Pérez, una mujer con un color de piel parecido al mío, al grito de ‘negra de mierda’», recuerda.

También aparece la novia cuya madre no quiere «nietos negritos», las canciones o el famoso negro del Whatsapp. Toda su historia con pequeñas frases e imágenes que sirven para entender mejor cómo se percibe la negritud en España.

 Tomado de:http://www.elperiodico.com/es/mas-periodico/20170909/cinco-historias-microrracismo-6271265